DESCARGO
A Denis
Rafter, daimon
Un actor se desdobla y asume el personaje de Erich Wolfgang Korngold
EL ACTOR.-Señoras y señores, es imposible que se acuerden ustedes de
todos los artistas de aquella época en la vieja Europa. Eran muchos,
muchísimos. Salvo un puñado de ellos, todos han desaparecido, todos
están sumidos en el olvido. El olvido es el estado natural cuando
desaparecemos, del mismo modo que en vida el estado natural es el
fracaso.
(Se desdobla en un supuesto interlocutor.) ¡Bravo! ¡Qué
pensamiento tan profundo!
(Vuelve a ser el actor.) De todas maneras, no siempre les ha ido
mal a esos artistas olvidados. Ahí tienen a dos músicos que tuvieron
que salir escopetados de Europa gracias a los nazis: Erich Wolfgang
Korngold y Ernst Krenek. En Europa fueron rivales y se llevaron a matar.
Aunque dicen que quien tuvo la culpa fue el padre de Korngold, que hizo
cosas muy feas contra Krenek. Muy feas.
(Se desdobla de nuevo.) El doctor Korngold era un tipo vomitivo.
Un judío avergonzado de serlo, que trataba de disimularlo a todas
horas.
(Regresa al personaje.) Bueno, basta, no está bien que desde este
púlpito instiguemos al odio. Sigamos. Pero, atención. Felizmente, dos
amigas comunes ponen en contacto a Korngold y a Krenek. Muy tarde ya,
cuando todo ha pasado. Todo. Ya me entienden. Esas amigas son Alma
Mahler-Werfel y su hija Anna. Hace poco, Korngold le ha dedicado a Alma
un Concierto para violín. Estamos… No sé muy bien… Estamos
en Los Angeles, California, debe de ser en 1952 ó 1953…
(Una mesa de un café. Krenek, sentado, toma un refresco. Entra el
mismo actor, como Korngold, que era grande, corpulento, simpático;
ahora, algo envejecido.)
KORNGOLD.- (Al tiempo, jovial y abatido.) Amigo Krenek, aquí está
la lengua más afilada de Hollywood, pero no tema, no viene a pincharle.
Le juro que sería incapaz. A estas alturas, las cosas han cambiado
mucho. ¿Me permite que me siente? Yo estoy demasiado gordo, y su cuello
está demasiado tenso. Demos descanso a ese cogote y a mis tobillos.
(Silencio. Se miran.)
No sé por dónde empezar. En la música no suelo empezar. Voy al
centro, pongo los intervalos esos que tanto me gustan, marca de fábrica,
dispongo los acordes familiares, y a partir de ahí surge todo. El
principio viene de ahí, del centro. Así que siempre empiezo por la
mitad. Siempre. ¿Qué es el principio de una obra? Muy fácil, el
principio de una obra es lo que se deduce de lo que viene después.
(Silencio.)
No, no vengo a hacer chistes de esos de lengua afilada. No vengo a contar
lo que les respondo a mis colegas cuando se meten conmigo, ni cómo se
quedan cuando les respondo. Usted ya lo sabe. Vengo a otra cosa. Si no
le importa, vengo a pedir disculpas. (Sorpresa de Krenek.) No, no
tema, amigo Krenek. A pesar de mi mala fama, no vengo a burlarme. Hoy
quiero dejarme la mordacidad en casa. O, mejor, encima del atril.
(Silencio.)
Como usted ya sabe, Luzi y yo vivimos en Hollywood, y tenemos dos hijos.
Las cosas nos van bien. Tanto, que me siento muy mal pensando lo que ha
pasado en nuestros países, allá en la Europa de los criminales, los
consentidores y los pacifistas. Nuestros países, ahora en ruinas. He
vuelto por allí un par de veces. Viena sigue siendo Viena, pero no sabe
usted cuánta destrucción hay allí, en aquella miserable ciudad
ocupada por cuatro potencias. Mi padre y mi madre vivieron con nosotros.
Sí, el doctor Julius Korngold, el crítico feroz de la Neue Freie
Presse. Se ganó los odios de todos con gran esfuerzo, y con gran
eficacia. Según muchos, era repugnante. Los últimos años fue
inofensivo. Sólo me ofendía a mí, y sólo de vez en cuando.
(Silencio.)
Había que estar loco, realmente loco. Ser judío y aliarse con los
nazis. Hoy puede parecer de una comicidad trágica, te puede llevar a reír
y, a continuación, a quedarte con la sonrisa congelada para siempre,
una mueca infinita. Pero no crea usted, amigo mío, que mi padre era sólo
un hombre severo. Me siguió regañando, como en tiempos. Después de
matarme a trabajar en una de esas partituras para el cine, me quedaba
hecho polvo. Tal vez usted considere que la música para el cine es
indigna, pero yo no lo veo así. En cualquier caso, es un trabajo
agotador, con sesiones de diez y doce horas al día para que aquello
suene, para que aquello case y se corresponda. Al terminar, me iba a
casa y me encerraba allí días y días. Me rodeaba de amigos e
intentaba descansar. Entonces viene el viejo Julius Korngold, el antiguo
azote de la vida musical vienesa, ahora en paro forzoso, y me dice:
“tienes la casa llena de amigotes, fuman, beben y juegan a las cartas,
y tú estás ahí, durmiendo en tu mecedora, tú, un compositor, los
compositores se dedican a componer, a dar clases, a escribir sobre su
obra y la de sus colegas…” No lo comprendía, no comprendía nada.
Nunca comprendió nada. Como le decía… Julius Korngold no era únicamente
severo. Consideraba que no debía dedicarme a hacer música para el
cine. Se negaba a ver diferencia alguna entre la música de Max Steiner
y la mía. Tal vez tenga razón, y yo sea el equivocado. Pero de pronto
me aconseja que conserve los derechos de todas mis partituras para el
cine. Y me dice: “de esa obra y de esa otra podrás sacar temas para
una sinfonía o una obra concertante”. Y yo lo hacía así. No, Julius
no era malo. Quiso que yo fuera su apéndice. Me consideraba un genio,
pero apéndice suyo. Y todo lo que ensombreciera a ese geniecillo que
era su apéndice, era su enemigo. Usted fue un enemigo, cuando estrenó Jonny
spielt auf. Por eso trató de hundirle. Por eso fue capaz de aliarse
con los gamberros nazis, que entonces no eran más que eso, unos
gamberros, para hacer fracasar su obra de usted. Por eso trató de
impedir mi unión con Luzi.
(Silencio.)
Ahí no pudo conmigo. Yo me había dejado manipular, pero ahí no
pudo. Conté la historia, a mi manera, en El milagro de Heliane.
El padre tiránico, el tótem, como diría mi paisano Sigmund Freud,
pretendía impedir la vida sexual de su hijo, de su geniecillo, de su apéndice.
Pretendía dirigir su productividad en otra dirección. Pero el apéndice
dejó de serlo. El apéndice se emancipó, el apéndice se zambulló en
la vida sexual con la maravillosa Luise von Sonnenthal. Tuve suerte,
muchísima. Fracasó El milagro de Heliane, la copia, pero triunfó
el original, la pareja Luzi-Erich. Fracasó la ópera, y me dejé
seducir por Max Reinhardt y por Hollywood. Yo residía en Estados
Unidos, no en la Europa envenenada de los años treinta. La política
nunca me importó, pero cuando ves que la gente insiste en aplastarte a
ti y a todos los judíos, a ti y a todos los que no son como ellos, a ti
y al que no muestra su potencia de indignidad y de agresión arropada en
multitudes, entonces piensas que lo mejor es marcharte. Y me marché.
Iba a Europa de vez en cuando. Estuve allí a comienzos de 1938. Por
unos días no me tocó presenciar el Anschluss. Presenciar, o acaso algo
peor. ¿Me habría dado tiempo de escaparme?
(Silencio.)
Me gusta mucho esa ópera suya, Jonny spielt auf. Ahí
estuvo usted genial, y era usted muy joven. Mi padre fue injusto. Yo fui
consentidor, como los europeos. Pero aquello estropeó las cosas entre
mi padre y yo. Sin eso, quién sabe si hubiera sabido resistirle con lo
de Luzi. Jonny spielt auf renacerá, y tal vez renazcan mis
obras.
(Silencio.)
El olvido no es para siempre. Sobre todo, cuando el olvido es producto de
la destrucción. De momento, todo se ha destruido. En Europa no queda
nada. Nadie se acuerda de nosotros, ni para bien ni para mal. Se habla
mucho de aquella vieja exposición de los nazis, la dedicada al Arte
degenerado, en Munich. Como recordará usted, un año después hicieron
en Dusseldorf otra exposición por el estilo, pero de música: Música
degenerada. Es decir, la música que componía gente como usted y
como yo. También eso se ha olvidado. No existimos, ni siquiera en el
infierno y en la condena. Pero esa exposición nos hermanó a muchos. A
todos los que éramos judíos o eran considerados judíos por aquella
gentuza. Allí quedamos hermanados usted y yo, por ejemplo. Pero también
Schoenberg y Stravinski. A Béla Bartók no lo incluyeron en la exposición,
no tenía pinta de judío, era un buen ejemplar de húngaro sano, de
ario por encima de toda sospecha, como si los húngaros no tuvieran raíces
semitas, ya ve usted. Sabrá usted lo que hizo el bueno de Bartók.
Escribió una carta de protesta por no ser incluido entre los músicos
degenerados. Reclamaba que le incluyeran. Bartók era así, un hombre de
honor. Mi admirado Stravinski, en cambio, se comportó de manera muy
distinta. Protestó por verse incluido entre los degenerados y adujo que
él no tenía nada de judío, a pesar de su aspecto. Qué ingenuidad más
perversa. El aspecto. Con el tiempo, el viejo Stravinski se convirtió
en un amigo nuestro. De los judíos, quiero decir. Tal vez no haya que
tenerle aquello en cuenta. Todos tuvieron miedo, todos claudicaron. No
todos colaboraron en el crimen. ¿Sabe usted que Alban Berg también
claudicó? Protestó también, desde Viena: yo soy ario, no soy judío,
no prohiban mis obras. Alban Berg, el amigo de Arnold Schoenberg y de
Soma Morgenstern. ¿Y Anton von Webern? ¿Sabía usted que al final de
su vida, cuando lo mataron por accidente justo después de terminar la
guerra allá, tenía el cerebro completamente lavado y se creía todas
las mentiras del nacional-socialismo? Pobre Webern, tenía un yerno
nazi. Dirá usted que le cuento todo esto por rencor. Porque Berg y
Webern odiaban mi música. Berg iba a patear la Heliane en aquel
entonces. En cambio, los nazis iban a patear su obra de usted, Jonny
spielt auf, animados por el doctor Korngold. No, no hay rencor en lo
que le cuento de esos dos grandísimos músicos. Lo que hay es asombro.
Si eso le pasó a mentes privilegiadas como las de Berg y Webern, ¿qué
no sucederá con los demás? ¿Qué no sucederá con un pobre hombre
autoritario y soberbio como el doctor Julius Korngold?
(Silencio.)
Supongo que estará usted enterado de... Bueno, en la exposición
de Dusseldorf estaba también Schulhoff, usted lo conocía bien. Lo
mataron. También estaba Hans Krása, y estaba Pável Haas. Todos
murieron en los campos de exterminio. Ahí teníamos que haber terminado
usted y yo. Pero, ya lo ve, seguimos vivos, seguimos componiendo. Usted
tal vez sea longevo. Yo no, yo no lo seré. A Dios gracias. Es horrible
que unos asesinos se hayan enseñoreado de Alemania, de Austria, y luego
de toda Europa.
(Silencio.)
A mí me duele que esa gentuza haya conseguido que se olviden de mí,
pero qué es eso comparado con lo que le han hecho a Schulhoff y a los
demás. No sólo los han matado, sino que les han hecho sufrir hasta el
horror. Y ya nadie se acuerda de ellos. Nadie. También le han olvidado
a usted, pero usted vivirá para salvar su nombre. El mío lo tendrán
que salvar otros, si acaso. ¿Quién salvará el nombre de Schulhoff?
Tal vez sus compatriotas, los checos, mis auténticos paisanos, que son
los antepasados de usted. ¿Y al pobre Schreker? ¿De qué le ha valido
componer esas óperas tan bellas? Tan bellas, sí, ahora puedo decirlo.
Nadie se acuerda de él. Lo mataron a disgustos, muy pronto, en cuanto
llegaron al poder, no necesitaron ni detenerle ni torturarle. A un
hombre tan frágil, a un artista que empezaba a envejecer, bastaba con
impedir que se oyeran sus obras. Los modernos le tachaban de antiguo.
Los nazis dijeron que era un degenerado. Entre unos y otros, todos
estamos olvidados. Ese gordo de Korgold ya tiene bastante con los
millones que gana en el cine. Algo así dicen.
(Silencio.)
¿Se acuerda usted de aquel judío de Frankfurt, Wiesengrund, que ahora
se hace llamar Adorno? Ese también dice que somos degenerados. Yo,
entre ellos. No usted, sino yo. Stravinski, Sibelius, y un montón de
gente más. Sacó a Schoenberg, y nos dejó a Stravinski y a mí. De mí
se ocupa menos, pero me odia más. Para los nazis y para Adorno, soy un
degenerado. Todos, degenerados. Todos, condenados. Todos, olvidados. Lo
han conseguido, Krenek, lo han conseguido. ¿Para siempre? Y si no es
para siempre, ¿por cuánto tiempo?
(Silencio.)
Mi padre ha muerto. Le ruego que no lo celebre, amigo Krenek. A usted le
hizo daño, sin duda, pero no era más que un pobre viejo que añoraba
el poder de coerción que tuvo en tiempos. He venido a pedirle
disculpas. No sé si en su nombre. No sé si en nombre de la familia.
Erich Wolfgang Korngold, hijo de ese hombre, le pide disculpas. Al cabo
del tiempo, los dos, usted y yo, nos fuimos al exilio. Y el doctor
Korngold, también. Hicimos lo que pudimos: los músicos abandonaban
Europa. No sólo Alemania, no sólo Austria. Francia, toda la Europa que
iba cayendo en manos de la gentuza. Qué absurdo. Cómo pudo mi padre
aliarse con los nazis en contra de usted y de esa obra tan atrevida, tan
excitante, Jonny spielt auf.
(Silencio.)
Me gustaría que viniera usted un día a casa. Luzi y yo le
invitamos a cenar. Puede usted traer a quien quiera. Mi casa está
abierta a todo el mundo, eso es bien sabido. Soy un judío que se lleva
bien con los judíos y con los cristianos.
(Silencio. Se levanta.)
Discúlpeme, Krenek, se me hace tarde. Si acepta usted mi invitación,
podríamos vernos, no sé, el mes que viene. Sé dónde localizarle. Sus
datos los tiene Anna Mahler. Le llamaré.
(Silencio. De pie, mira a Krenek, sentado, que a su vez le mira a él.)
Buenas noches, amigo Krenek.
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