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Siempre
me ha gustado ir al monte. Antes, hace años, cuando éramos jóvenes, decíamos
ir a la montaña, quizás con esa osadía propia
de la juventud. El caso es que, sea la orgullosa montaña o el
modesto monte, no recuerdo muy bien la
primera vez que fui.
Quizás
la primera vez ni siquiera fui. Me acuerdo perfectamente cuando, siendo yo
un niño de pocos años, mi hermano mayor regresaba de sus
"marchas" con el Frente de Juventudes. Eran los años cincuenta
y entonces no había los medios de ahora. Recuerdo cuando al volver, en la
habitación que compartíamos, deshacía el macuto, aparatoso y con una
tremenda armadura de hierro, las botas negras de cordones, con las suelas
de tachuelas, cuyo ruido al andar me fascinaba, la manta, de lana marrón
con una línea blanca, áspera y maloliente. Venía muy sucio, con la cara
pelada y como a manchas, fruto sin duda del sol y de los escasos lavados,
el pelo rapado, como de niño pobre de los años cuarenta.
Aquellas
"marchas" de mi hermano mayor, que yo recuerdo casi como
propias, fueron realmente mis primeras experiencias montañeras. Gredos, Riaño,
Covaleda, Picos de Europa, eran entonces para mí nombres míticos,
en los que aunque todavía no había estado, me imaginaba
aventuras de fríos, noches de fuegos de campamento, comidas al
aire libre sentado sobre la
hierba , siempre rodeado de amigos
y compañeros (camaradas, decía
mi hermano).
Mas
adelante los Reyes me trajeron una Enciclopedia
de la Montaña.
Recuerdo haberla leído
entera, de la A a la Z, y releído numerosas veces hasta casi aprendérmela
de memoria. Piolet, crampones, clavijas, rappel, cordada, no sólo eran
palabras nuevas para mí, sino que describían objetos entonces
inalcanzables y casi míticos. Me veía andando por los Alpes, piolet en
mano, cruzando las grietas del Mer de Glace camino del Mont Blanc, clavando fuertemente
los crampones en el hielo, mientras la ventisca azotaba mi cara, protegidos mis ojos con unas gafas especiales, como las que había
visto en mi enciclopedia en
las fotos de alpinistas famosos.
Pasaron
los años y las cosas no han sido exactamente así. Nunca he ido de
escalada a los Alpes (salvo de camping con la familia),
aunque sí he estado en todas las grandes montañas españolas:
Guadarrama, Picos, Pirineos, Gredos, Sierra Nevada. Lo que soñé como
marchas, a menudo han sido
pacíficas excursiones, más cerca de la merienda campestre que de la
gesta heroica y esforzada que
imaginé de niño. Pero he llegado a experimentar en mi propia carne
algunas de aquellas descripciones que
leía en mi vieja enciclopedia. El frío, el calor, la sed, el
cansancio, junto a otras menos heroicas de las que nadie me había
hablado: ampollas en los pies, clavarse el macuto en la espalda, picaduras
de mosquitos, miedo a esos toros negros que a veces uno se encuentra en
los altos prados.
He
llegado también a poseer muchas de las cosas
con que soñé: piolet, crampones, guetres, cuerdas. Aunque en
honor a la verdad, para el uso que les he dado, más han sido objetos de
culto que instrumento necesario en mis modestas hazañas alpinas.
Sigo
amando la montaña, aunque
desde hace años sólo voy al monte de excursión, que no es lo
mismo. Todavía sueño todos los años con dedicar unos días del
verano a hacer auténtica
montaña en los Pirineos,
pero un año tras otro la playa familiar sustituye al reto, manteniendo,
eso sí, la ilusión para el año venidero.
Muchas
veces me he preguntado el porqué de una pasión que apenas practico, pero
que no olvido. Qué es lo que hace que cuando veo fotos de paisajes
alpinos, oigo relatos de travesías de alta montaña o veo escaparates de
tiendas de deportes, no pueda evitar
una emoción, mezcla de ilusión y nostalgia. No siento lo mismo
cuando veo imágenes de grandes regatas
en el mar, de gestas ciclistas o de inmensos maratones. Sin duda
para mí la montaña es un mito, como para otros pueden ser las carreras
de coches, el submarinismo o los safaris en África.
Sé
perfectamente que nada tiene que ver con esa cursilada de
la "práctica deportiva", pues lo mas parecido a eso que
se practicaba en mi juventud era la gimnasia en el patio del colegio, que,
por cierto, no se por qué, se le llamaba gimnasia sueca. Menos aún
con esa pesadez actual del ecologismo o la vida sana, que más parecen catálogos
de cosas que no se pueden hacer que
actividades placenteras.
La
montaña que yo amo (o el monte a que se ha reducido) siempre va asociada
a amigos que quiero, a vino y bocadillos de tortilla, a ríos en que
remojar los pies, a fumar un cigarro cuando, finalmente, llegas al
sitio que te habías marcado como meta, antes siempre la cumbre de una
montaña, ahora un prado al borde de un río, donde comer y dormir la
siesta.
Recuerdo
que, hace años, mi hermano pequeño (que llegó a ser un gran montañero
no sólo en España, sino en sitios tan alejados de mis andanzas como el
Atlas, los Andes o el Hindu-Kush) hablaba con desprecio de esos tipos cuya
única obsesión era escalar piedras, cargados de clavijas, cuerdas y
mosquetones. "Chuparriscos" los llamaba. Decía
que les daba lo mismo escalar una roca en medio de los Alpes que
una pared en la Gran Vía madrileña. Quizás por ello nunca he sentido
por la escalada ninguna emoción especial. Veo en ello una técnica,
arriesgada sin duda, pero para mí, fría.
La
montaña que amo requiere botas, macuto y andar. Andar siempre. No puedo
olvidar los grandes cansancios de mi pobre vida como montañero: subir la
Apretura hasta Los
Galayos, cruzar los Barrerones camino de la Laguna de
Gredos, subir al Vignemale desde Gavarnie, la modesta subida al
Peñalara
desde Cotos (cuando no había telesilla), o la espléndida desde Ordesa
hasta el Monte Perdido.
Y
algo que ya tengo casi olvidado, pero que sigue formando parte de "mi
montaña": dormir en tienda de campaña rodeado de grandes cumbres.
Siempre he sentido que ir a la montaña de verdad exige dormir fuera, al
aire libre. Si se duerme en una pensión, por modesta que sea , es que se
va de excursión al monte. Y, aunque está bien, no es lo mismo.
Quizás
por ello, aunque no me acuerdo de la primera vez que fui realmente al
monte, sí recuerdo perfectamente la primera vez que pasé la noche
(vivaqueé, se decía entonces) en plena montaña. Fue en Cotos, una noche
muy fría, en una tienda formada por ponchos militares, sin doble techo,
rodeados de pequeños neveros.
Mis hermanas me habían cosido
una manta formando un saco, pero el frío que pasé todavía lo siento
cuando lo recuerdo.
Mantengo
un sueño que alimento sin descanso: cuando me jubile,
me veo en una cabaña de troncos, en la falda de una montaña que
domina un profundo valle, la chimenea humeando y a mi lado un gran perro
de lanas, exactamente igual que si fuera el abuelito de Heidi. Y ese afán,
entre infantil y desmedido, ilumina frecuentemente mis oscuros días de
funcionario.
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