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Terencio

HELENA ANTE EL ORÁCULO

 Personajes del drama

Helena

Sacerdotisa

Voz del Oráculo

 ESCENA ÚNICA

En el oráculo de Apolo en Delfos, día diecisiete del mes bisio.

 

    La sacerdotisa está     sentada sobre un pequeño trípode en el  centro del templo de Apolo. Permanece oculta porque está rodeada por un fino velo circular de humo que surge de una pira de hojas de laurel. A su lado, un sacerdote que permanece en la sombra (la voz del oráculo), interpreta los murmullos y los movimientos de la sacerdotisa.

    Helena realiza las abluciones rituales en la cercana fuente Castalia. Una vez terminadas, se sienta en un modesto trono de piedra junto al oráculo.

 

Helena.─¿Me conoces, Oráculo?

Oráculo.─Eres Helena, hija de Tindáreo y de Leda, pero también de Zeus. Esposa del átrida Menelao.

Helena.─¿Sabes por qué he venido?

Oráculo.─Para implorar la ayuda de Apolo.

Helena.─Sólo para implorar una explicación.

Oráculo.─Es atrevido pedir explicaciones a los dioses, mas el oráculo no juzga.

Helena.─No hace mucho tiempo que mi padre me entregó como esposa a Menelao. Es cierto que de él sólo conocía su fama; la de un hombre noble, hijo y hermano de reyes, valiente y belicoso, caro a Marte, vencedor de cien batallas, pero también es cierto que cuando entré en el tálamo no lo amaba. Menelao me colmó de bendiciones, me hizo grata la vida y engendró en mí una hija, pero nunca me estremeció. Él fue el primer hombre en infundirme afecto y respeto, pero también el primero en inspirarme temor. Sus ojos indolentes, sus fuertes manos y su amplio torso me convirtieron en una mujer sumisa, ávida de ternura, pero necesitada de la libertad que él mismo me negaba. Mi matrimonio, oráculo, se convirtió en la cárcel más profunda.

Oráculo.─Si vienes a decirle al oráculo que no amas a tu esposo, has de saber que tu mal, por ser común, no puede ocupar a los dioses.

Helena.─Vengo a decirle al oráculo que voy a poner fin a este áspero desconsuelo. Y sólo quiero saber si Apolo verá mi acción con buenos ojos.

Oráculo.─Hermosa Helena, Apolo te mira con más admiración que recelo, y con un temor aciago que empaña su calma.

Helena.─Pero aún no ha oído mis motivos. Si voy a dejar en Esparta a mis hermanos, a mi querida hija y a mi esposo, y si por ello han de blandirse espadas y llenarse el cielo de certeras flechas, quiero al menos que los dioses sepan.

Oráculo.─Los dioses saben, Helena, y porque saben, penan.

Helena.─Hace sólo dos noches entró en mi casa Paris, hijo de Príamo, rey de Troya. Mi esposo lo recibió con los honores que en Micenas sólo ha conocido Agamenón; hubo sacrificios en su honor, lo hospedamos en nuestra casa, ante él desfilaron las amazonas y por el regalo de su presencia se celebró un banquete en el que el protocolo regio lo sentó a mi lado. Yo entonces lo ignoraba, pero los dioses ya estaban jugando conmigo. ¿Sabes de lo que estoy hablando, oráculo? Yo me sentí atrapada por aquel hombre desde el mismo instante en que lo vi, si nada más saludarme me hubiese pedido que me fuese con él, no lo habría dudado.

Oráculo.─Tú no lo recuerdas, pero ya le pertenecías desde la boda de los padres de Aquiles, el de los pies ligeros.

Helena.─¿Qué pasó en esa boda?

Oráculo.─Aquel día se casaban Tetis y Peleo, amados por los dioses, estaba invitada la propia Hera, esposa de Zeus, y muchos otros dioses, pero los padres de Aquiles, guiados por una equivocada prudencia, no invitaron a Eris, llamada desde entonces la Discordia. Eris arrojó una manzana entre Hera, Atenea y Afrodita a la vez que decía: para la más bella; las tres se agacharon a cogerla, pero ninguna se atrevió a hacerlo por no ofender a las otras.

Helena.─Yo sólo era una niña el día de aquella boda, no veo por qué ha de influirme ese oprobio.

Oráculo.─Para dirimir entre las tres, Zeus, por ser esposo de una de ellas, delegó en Hermes, que a su vez por temor a ofender a Zeus delegó en tu estimado Paris, entonces todavía un adolescente. Ninguna de las diosas quería ser humillada por otra, y las tres se sintieron capaces de sobornar al joven juez: Hera, por ser la más poderosa, le ofreció el gobierno de toda Asia; Atenea, por ser la más inteligente, le ofreció el dominio del arte de la guerra; pero Afrodita, por conocer mejor a los hombres, le ofreció la que sería con el tiempo la mujer más bella de Grecia, una niña de apenas dos años llamada Helena.

Helena.─Entonces Paris eligió a Afrodita…

Oráculo.─Cuando Paris se sentó junto a ti en la mesa de tu esposo Menelao ya estaba reclamando algo que por derecho era suyo.

Helena.─Pero yo amo a Paris verdaderamente…

Oráculo.─Por voluntad de Afrodita.

Helena.─¿Y ha sido voluntad de Afrodita que antes aún de conocer a Paris haya aborrecido a mi esposo? ¿Ha sido voluntad de Afrodita que no ansiara cada noche su regreso a casa? ¿Que no deseara sus labios? ¿Que llegara a hastiarme su conversación? ¿Hasta dónde ha llegado la voluntad de Afrodita? Aunque quizá pude un día desear a Menelao, hoy su presencia en el lecho es para mí poco más que un estorbo. Ni siquiera el amor de nuestra hija podría detenerme.

Oráculo.─¿Y sabiendo que has sido víctima de un engaño, que la propia Afrodita nubló tus sentidos para que no amases a Menelao y que mantuvieses una pueril ilusión de felicidad con algún desconocido, serás capaz de irte?

Helena.─¿Qué me importan las circunstancias si soy más feliz en el engaño?

Oráculo.─Y si este oráculo te anunciara que por tu causa comenzará la más atroz de las guerras que ha conocido Grecia ¿también irías con Paris?

Helena.─Iré con Paris aunque dejemos en el camino un rastro de cadáveres. ¿No lo han querido así los dioses?

Oráculo.─Sólo lo ha querido Afrodita.

Helena.─¿Y no gobierna Afrodita todas las voluntades? Sólo ella podría detenerme.

Oráculo.─Pero yo puedo anunciarte los nombres de quienes morirán en esa guerra.

Helena.─No es costumbre del oráculo ser tan preciso en sus predicciones. Si el oráculo de Apolo me anunciase muertes concretas, fechas de desgracias, el número de las horas de mi sufrimiento, pensaría que transgredo los deseos de Apolo, no que esos hechos fuesen a tener cumplimiento.

Oráculo.─Tú has venido a saber. El oráculo, sabe.

Helena.─He venido a comprender la causa de mi desgracia, que quizá vaya a ser la desgracia de muchos, no a que los dioses me impongan otra vez su voluntad. Estoy cansada de cumplir deseos que no son los míos, de ser más lo que se espera de mí que lo que yo misma pretendo. He sido esposa y madre sin elegir al marido, y he sido agasajada con tronos y joyas sin tener mayor ambición que la de cualquier joven de mi edad. Hasta hoy otros han decidido por mí, pero créeme si te digo que ahora iré con Paris, y que no me importa si mañana seré su amante, su esclava o su viuda.  

Sale Helena. Cuando están solos, la sacerdotisa se levanta y sale de detrás de la cortina de humo. La voz del oráculo sale de la penumbra.

Sacerdotisa.─¿Ha sido Menelao el que te ha pedido que hables así?

Oráculo.─Vino a verme ayer por la noche a mi casa, era ya muy tarde, y se le veía preocupado. Me dijo que si su mujer se escapaba con el hijo de Príamo toda Grecia se alzaría en armas contra Troya.

Sacerdotisa.─¿Y nos hizo algún donativo?

Oráculo.─Seiscientas piezas de oro.

Sacerdotisa.─Los Atridas siempre han sido generosos.

 

                  Salen.

Telón

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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PENITENCIA PÚBLICA DE RECAREDO

 PERSONAJES DEL DRAMA

Rey Recaredo

Obispo de Toledo

Ciudadanos

Un Caballero

ESCENA ÚNICA

Toledo, capital de reino visigodo. Año 601

Una plaza pública, entra el rey Recaredo, viejo y enfermo, escoltado por el obispo de Toledo y por un caballero. Camina con dificultad sosteniéndose sobre dos lanzas. El caballero dobla su capa y la deja en el suelo, en el centro de la escena. El rey Recaredo, apoyándose en las lanzas se arrodilla sobre ella y ante el público, que representa al pueblo de Toledo.

 

Obispo.─¡Pueblo de Toledo, disponte a escuchar en respetuoso silencio la penitencia pública de tu rey!

Recaredo.─No ha sido otro mi deseo que regir con moderación las muchas provincias que Leovigildo, mi padre, reuniera por las armas. Si lo he conseguido, Dios habrá de premiarme; si no lo he hecho, seréis vosotros quienes me impondréis la penitencia. Despierta ahora, pueblo amado, y deja que derrame sobre ti el reconocimiento de mis errores. Si habéis de ser severos, sedlo con rectitud, pues no envenena tanto a los hombres el castigo por las culpas como la conmiseración. Si habéis de ser magnánimos, hacedlo no por mi persona de rey, sino por mi condición de hombre. Quien juzga a otro bien merece ser juzgado alguna vez, y yo he juzgado ya a muchos de vosotros, a vuestros padres y quién sabe si también a alguno de vuestros hijos. Sabed que intenté ser justo, y si no lo fui, jamás estuve guiado por rumores ni por los vanos argumentos de la intuición. Los muy inciertos caminos que sigue al dictado la conciencia no siempre satisfacen a los justos; si he agraviado en mis sentencias a alguno de vosotros, demandadme ahora una explicación… ¿No lo hacéis…? ¿No habláis ninguno…? Vuestra generosidad conmigo se corresponde justamente con mi estima por vosotros, pero escuchad bien lo que os digo: ya he pecado contra cada ciudadano sólo con gobernaros. ¿No os habéis preguntado nunca si yacerá acaso una ominosa soberbia en el pecho de todo gobernante? Y de esta suerte, ¿cómo no ha de hacerlo en grado mayor en el de un rey? El ejercicio del poder confunde al espíritu hasta tal punto, que es únicamente la certeza de la muerte la que hermana al señor y al porquero, y aún en esta cuita, el señor se creerá más próximo a Dios, y con mayor derecho de mirarle la cara. ¿Pensáis vosotros acaso que si estáis junto a mí y ante Dios, no os consideraríais los terceros para siempre? Ved entonces con qué injusta y meditada impiedad, los que en el curso de los tiempos han ejercido algún poder han convencido a su pueblo del carácter irremediable de su condición de vasallaje, y ved como todo vínculo de dependencia y fidelidad de un hombre a otro no es más que una débil comedia en la que siempre engaña el mismo… Yo creo que beneficiarse de esto es pecar, pueblo amado; y ya que como rey y como católico pienso que lo es, os lo confieso a vosotros como pecado. La infinita soberbia del gobernante déspota no es peor que la del manso; los dos descansan en un lecho cómodo y caliente, los dos tienen ropas enjoyadas, y los dos comen y beben mucho más allá de sus necesidades. ¿Y no es todo eso pecar…? Quizá no lo fuera si sus súbditos no durmieran sin techo, si no estuvieran vestidos con harapos y si no pasaran hambre… También es para mí éste un grave pecado, y por eso os lo confieso.

Un ciudadano.─(Los ciudadanos hablan desde el propio patio de butacas, están sentados de incógnito entre el público) ¡Señor, tenéis ganado el cielo!

Otro ciudadano.─¡No hay nada grave en lo que habéis dicho!

Recaredo.─Me emociona vuestra magnificencia, pero no creáis que sólo el hurto, la fornicación y el asesinato encierran pecado; también lo hacen la vanidad, el orgullo y la irreflexión, pero según vuestras reglas, ¿seríais tan crédulos como para pensar que soy un santo?

Un ciudadano.─¡Sois un santo, Señor! ¡Vos habéis acabado con la herejía arriana!

Otro ciudadano.─¡Somos católicos gracias a Recaredo!

Recaredo.─¿A costa de cuántos muertos? Y no sólo arrianos. ¿Sabéis cuántos hombres he mandado a la muerte? Sólo en la Septimania, cinco mil francos del ejército de Gontran. Todos católicos como nosotros. Aunque es cierto que, como todos los francos, ladrones y saqueadores. ¿Y vascones? ¿Sabéis cuántos vascones he matado…? Pero no me importa ya el número; si uno de vosotros mata a un hombre, a uno sólo, según nuestra ley habría de ser ejecutado, pero yo, que he matado a miles, soy un santo; ¿no veis que en algo yerra vuestro entendimiento?

Un ciudadano.─¡Lo hacíais por nuestro bien, Señor!

Recaredo.─Es cierto que lo hice por la estabilidad del reino, pero no por amor a vosotros, sino por amor a mí, para proteger mi propia posición.

Un ciudadano.─ ¡Os dispensamos de ello! ¡Vuestro bien es el nuestro!

Otro ciudadano.─ ¡Todavía no hemos oído ningún pecado!

Recaredo.─¿Qué necesitáis para considerarme un pecador? Os digo que he sido soberbio y egoísta, que he matado a miles, que he sometido a otros pueblos, que he quemado sus aldeas y nada os parece pecado… ¿Estáis seguros de que Dios también pensará así?

Un ciudadano.─ ¡Dios os guarda un sitio a su diestra, Señor!

Recaredo.─Escuchadme un momento, escuchadme, por favor: sabed que esta muestra de afecto me llena de satisfacción y es un bálsamo para mi agonía, pero no estoy aquí para cantar mis virtudes, sino mis faltas, y no comparezco ante vosotros para escuchar alabanzas, sino para obtener vuestro perdón. Os digo que os he ofendido sólo con existir, por vivir de vuestro esfuerzo, por veros de rodillas ante mí y no pediros que os levantéis. He pecado contra Dios cada vez que he aceptado una reverencia, cada vez que os he hecho callar, cada vez que no os he mirado a los ojos.

Un ciudadano.─(a otro ciudadano) El rey debe estar muy enfermo.

Otro ciudadano.─Sí, ya no sabe lo que dice.

Recaredo.─Habéis aceptado el gobierno de un hombre y os sometéis a su voluntad sin preguntaros qué derechos asisten a ese hombre para decidir sobre vuestras vidas.

Un ciudadano.─¡Guardad silencio, Majestad!

Otro ciudadano.─¡Sí, no queremos oíros!

Otro ciudadano.─¡Sois bueno y humano, Señor!

Otro ciudadano.─¡Un modelo para la cristiandad!

 Recaredo, torpemente y sin pedir ayuda, se levanta resignado apoyándose en las dos lanzas entre una algarabía de vítores y aplausos. Con una sonrisa escéptica y un movimiento de la cabeza agradece a su pueblo el aplauso, y cuando callan, se dirige al obispo.

 Recaredo.─Obispo, ya te avisé de lo absurdo del gesto.

Obispo.─Pero es la costumbre, majestad.

Recaredo.─Entonces, lo absurdo es la costumbre.

 Telón

JULIO CASTEDO

 

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