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RUTINA
Despeja
en la mañana cuatro incógnitas
y
son cinco a la mesa, en punto, cada jueves.
Rezagadas
las viejas pretensiones,
sólo
el aire recoge la certeza del humo
aunque
proceda del mismo brasero.
Todos
saben que una muerte tan dulce sobrevive
en
el empeño de desvelar cuanto se oculta.
Su
lenguaje transgénico sugiere
cómo
blindarse ante palabras que mutan cada instante.
Uno
las piensa, el otro las desgrana,
un
tercero corrobora el silencio con su rotundidad.
Acaso
exista quien evite la procesión de refugiados,
sempiternos
cautivos de las guerras escritas por las extremidades
del
caracol.
Eran
cinco en la mesa.
No
faltaban cuchillos ni venenos contra la nueva plaga.
Insectos
de todos los tamaños conquistaron el continente
y
sus larvas de sal, en cada herida,
protegen
desde entonces los mensajes cifrados.
Serán
cinco a la mesa para el sacrificio,
pero
bajo las telas de damasco deambula la corriente,
abismos
de metal atesoran fantasmas,
se
multiplica la razón en un número primo,
se
agrieta la corteza del desierto
y
allá, en el magma oscuro,
empujan
las esferas con su música.
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DUDA
A
qué cielo despierto nuevamente,
a
qué oscuros terrores invoco en la mañana
para
que puedan descansar mis manos
y
el eco de la brisa.
A
qué amanezco ahora,
a
qué silencio advoco cuando pienso
en
la solemne estatua de mí misma
y
de los otros.
Ya
en tenue multitud, agazapados,
ya
en honroso camino de peldaños azules,
a
qué difícil sueño me empuja el espejismo.
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CONSUELO
SÁNCHEZ NARANJO |