EL CRIMEN DEL MONTE

LA PRIMERA VEZ

A mi vuelta a la cofradía, tras una legislatura de ausencia constatando la inane levedad del ser y la poquedad de los sentimientos de amistad, B. -El Montañero- me pide un par de folios para su inclusión en lo que, ahora sí parece, va a constituir el tomo que glose los quince años de andadura de dicha cofradía por las sendas y veredas del país.

Y venciendo mi natural vagancia a ejercer el oficio de escritor -el de escritor y cualquier otro-, trato de cumplir este encargo con discreción, ya que no con la diligencia con que se me ha pedido.

Al parecer, el genérico título pensado para esta particular reflexión de cada uno de los miembros de la cofradía es "la primera vez que fui al monte", título tras el que se esconde, como cualquier avezado lector puede intuir, un sutil componente freudiano: ¿al monte de Venus, o al que delimitan las cotas dibujadas en los planos del Servicio Cartográfico del Ejército?.

Es por ello, por esa sagaz dicotomía, por lo que me centraré en la segunda de las acepciones, la castrense, con objeto de no violentar mi también natural tendencia a la introversión, tendencia que, a mis casi cincuenta y tres años, empieza a parecerme más bien una virtud.

Sin embargo, y para no dejar de apuntar alguna pista en el ámbito de lo freudiano, diré que, en mi caso, la primera vez de todo no ha ido nunca del todo bien, aunque, eso sí, he de decir también en mi descargo que las segundas y sucesivas tampoco han conseguido superar en mucho a aquella.

En consecuencia, omitiendo las tradicionales excursiones a la Boca del Asno con el Colegio, las de Cercedilla y las cuestas del convento de las monjitas de Toledo en los ejercicios espirituales de Preu, debo considerar, por su conocimiento real, físico e ideológico, como mi  primer acercamiento consecuente al monte los recuerdos que se remontan a mi primer año en la Universidad, y fue, como no podía ser de otra forma, con los curas. Con los jesuitas. Fui montañero de Santa María mientras canalizaba  mi despistado progresismo de aquella época, hasta buscar otra forma de encauzarlo, no más despistada, esta segunda, que la primera.

Y de aquella época he de destacar fundamentalmente, como si del film de Mulligan se tratara, el verano del sesenta y dos: por el monte, y por lo demás de lo que no hablaré.

Fue en ese agosto de mil novecientos sesenta y dos, y a lo largo de la excursión a los picos del Veleta y Mulhacén ( 3.478 m., el punto más alto de la península) -la carretera que ahora sube a la actual Estación de Esquí de Sierra Nevada estaba empezándose a construir-, marcha que, con la consiguiente estancia posterior en las Alpujarras y en las entonces desiertas playas de Motril y Almuñécar, ocupó gran parte del mes, en donde se fraguó en mí el espíritu organizativo-castrense de esto del monte, espíritu cuyo poso sobrevoló los primeros años de andadura de la cofradía.

De aquellos itinerarios por la Sierra de Granada, idealizados con el transcurso de los años, y en los que yo actué como segundo de la expedición en el orden jerárquico -el jefe llegó a formar parte con el tiempo de la generación de escritores novísimos de la narrativa española y publicó, y aún sigue publicando, con desigual éxito, en Seix-Barral y Alfaguara-, recordaré sólo algunos hitos, tales como la utilización que por primera vez hacíamos de un campamento base para el progresivo acercamiento a las cumbres; el que mis órdenes de mando consiguieran despeñar a un jesuita, a la sazón director espiritual del grupo, por ignorar, él y yo, que el pedregal en cuesta es la natural continuación de los neveros, allí donde el sol calienta la montaña; la satisfacción que reflejan las caras de los expedicionarios, en la foto en blanco y negro que nos inmortalizó el once de agosto de aquel año - yo cumplía dieciocho años ese día - en la cumbre del Mulhacén, satisfacción supongo que idéntica a la experimentada solo diez años antes por el neozelandés Hillary y el sherpa Tensing cuando alcanzaron la cumbre del Everest; las retorcidas conversaciones, dada la incipiente cultura cinematográfica que se incubaba entonces en alguno de los expedicionarios, sobre lo que para nosotros representaba Marilyn, que decidió morir justo una semana antes de la foto del Mulhacén; y, por supuesto, en la óptica de nuestro progresismo democristiano, la pedantería que destilaban los análisis que hacíamos, bajo la protectora observación del jesuita, antes y después de los vendajes tras su despeñadura, sobre la necesaria reforma de estructuras y el futuro de nuestro país a la muerte de Franco. Esto último tardó luego casi quince años en llegar. Y de la reforma de estructuras, pues ya se sabe en qué ha quedado.

No consigo recordar cómo eran los bombos de aquel verano, pero como lo del monte une mucho, el curso sesenta y dos- sesenta y tres recorrimos todas las cuerdas de la cordillera Oretana y lo culminamos con la maratón Kennedy un caluroso día de mayo . Bob, el hermano de John, lo había puesto de moda. Se trataba de una de las pruebas de resistencia de los marines USA. Ochenta kilómetros en trece horas en la N-I, entonces carretera de Burgos. Al día siguiente la prensa recogía la noticia - pueden consultarse las hemerotecas -, y un periódico de tan honda raigambre patria como "El Alcázar" dedicaba toda una portada a la "hazaña de unos universitarios españoles". Los marines USA empleaban dieciséis horas en el recorrido.

Luego, meses después, un tosco Carlos Romero, hoy nivel treinta, fue delegado de Facultad frente al SEU, Jorge Serrano usaba gabardina de social y yo, aún en primavera, llevaba una espantosa bufanda verde y daba clases de contabilidad - había hecho un curso por correspondencia en CCC - a varios hoy ex-Secretarios de Estado. Eran cursillos de quince días que garantizaban el aprobado, e iba mucho menos al monte. ¿Quizás fue el pecé el eslabón perdido en la búsqueda de un "personal computer"?. No sé, no sé, algo de esto debe haber cuando B.  - El Montañero - me sugiere que le remita mis folios a través de su/mi e-mail con arroba, pero recuerdo que entonces, al grito de ¡¡A Quevedo!!, Alfredo Tejero nos sacó en tromba por la puerta trasera de la Facultad, para que los grises dieran comienzo a su deporte favorito en los años sesenta: el apaleamiento de estudiantes en la calle de San Bernardo.

La calle de San Bernardo, en dirección a Quevedo, es una calle, como el monte, en cuesta. Y al final de la misma, en compañía de Víctor y Poli, emprendería mi exilio universitario a Bilbao, ciudad en la que, entre espinos, yo terminaría por encontrar una rosa.

En aquel verano del sesenta y dos, además, a mí me turbaban varias cosas. Y fue el recuerdo en torno a una de esas turbaciones -una especial asignatura pendiente que, por razones que tampoco explicaré, hubiera supuesto, caso de aprobarse la asignatura, un diferente devenir en mi vida, devenir idealizado y siempre deseado en mi subconsciente- lo que me llevó a esbozar, años después, un llamado viaje catártico, viaje que nunca llegó a materializarse en nada, y que , Z lo recordará, por mor del despiste cósmico, tuvo como única consecuencia una pequeña bronca familiar.

Veinte años después, y ya en el seno de la cofradía nucleada en torno a un pequeño grupo de funcionarios de un Ministerio cuyo cometido, como no podía ser de otra manera, estaba ligado al territorio, y cuyo ministro, a mayor abundamiento, era pariente del aventurero de la ruta del quetzal, intenté poner en práctica, con el escaso éxito que narran los diversos capítulos del libro que recoge las andanzas de la cofradía, el cúmulo de conocimientos adquiridos en esos años.       

Este resultado, y otros, positivos y negativos, producto de la convivencia de los quince años de pateos y bombos de la tal cofradía, vienen paladinamente a demostrar que, por reducción al absurdo - tal y como explicaban los teoremas los libros de matemáticas del Bachillerato -, cada uno es quien y como es, y que a esa inmanencia [*] no vale darle vueltas.

Para terminar un relato mal narrado, queda bien acabarlo con el recurso a un poeta. En este sentido la huella de aquella primera vez, de aquellos años, de aquellas turbaciones, me remiten siempre a los versos que le sirvieron de fondo al maestro Kazan para narrar, en una bellísima película, que también vi por primera vez en aquellos años, la cantarina pasión que emanaba de las ingles de la maravillosa adolescente que siempre fue Natalie Wood aunque haya pasado ya el tiempo / del esplendor en la hierba / de la gloria en las flores / no debemos afligirnos / pues la belleza / persiste en el recuerdo.

 

[*] inmanencia : existencia de los fines del sujeto en el sujeto mismo o cualidad de una causa que actúa sobre aquello de lo que ella misma forma parte. (Sic: Nota de los editores)

 


juan ] toño ] [ sauqui ] josé luis b. ] los papeles de Marta ]


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