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poemas incorrectos

 

EN LA ISLA

 Subió la marea hoy más de lo habitual.

Yo continuaba empantanado y en la cara me crecían algas.

En la isla he tenido un pequeño ataque de nervios,

como una furiosa ola, vi mi cuerpo tendido en la alfombra,

sacudiéndose, paralizado.

Ni mis manos ni mis pies me dejaban agarrar nada,

respiraba exageradamente y a ráfagas por la boca.

Mi cuerpo descontrolado luchando en el suelo...

una mano confusa

me acarició la cabeza,

el contacto me llenó de amor,

(La mano se retiró y volvió de nuevo a acariciarme)

una caricia confusa...

Logré incorporar mi silueta y tenderme en el sofá, más calmado;

recordaba constantemente una escena de Teorema de Pasolini.

Y mis manos agarrotadas,

un hormiguero furioso, casi dadaísta,

recorriéndome el pulso, mientras en la isla volvían las figuras.

 

 Veía sus contraluces bailando

en el gran hotel a través de los ventanales.

Por culpa de este ataque no fui a visitar a la mujer del acantilado,

ni he redactado parte de las memorias.

Creo que voy a levantarme ya del sofá ridículo...

mi cara está mojada

y el cuerpo yace como muerto, falto de energías y fuerza.

Con decisión, avancé tambaleante hasta la pileta de natación,

que estaba sucia y plagada de víboras e insectos acuáticos;

me zambullí a pesar de todo, mi rostro se sintió aliviado,

noté una sacudida en los muslos al cruzar al otro extremo.

A nado.

No practicaba desde hace mucho y estoy extenuado en la primera vuelta.

Quisiera no tener que pasar la noche abajo, cerca de la marea.

En el hotel tengo una habitación que yo mismo habilité a mi llegada.

Las figuras me miran y se contonean caprichosas... No,

apenas dormiría, y esa mujer a la que amo y no me ve

lo contaría todo.

No debería salir huyendo e internarme de nuevo en alta mar.

 

Me quedo aquí,

escuchando las viejas canciones que ponen en el gramófono:

Té para dos

y otra que no conozco o no recuerdo o he olvidado. La fiebre

me está subiendo después de alejarse hace una semana;

he adelgazado,

no como nada y vomito mucho.

Mientras me duraba el ataque nervioso, había vuelto a la sala de las telarañas

a por más folios en blanco.

Cruzaba

un frondoso bosque de laureles, e inmediatamente una puerta de estrellas

refulgía nerviosa ante mí. Se abría.

Yo pasaba,

recogía las cuartillas, pero al volver, encontraba que ya habían sido emborronadas.

Me volvía a quedar dormido con agua marina bajo las piernas,

se llegaba la música dulce en ráfagas traídas por la marea

y reposaba acunado en una mística desolación familiar:

las palmeras,

la casa que había perdido o dejado o quemado en España...

 

Mi sangre se derramaba

tiñendo las arenas puras y famélicas.

El rastro de huellas mías no me permitía salir al acantilado.

Hoy he traído flores,

luego dormí mal.

La noche anterior

y el largo insomnio me desvelaron. A la madrugada vi mariposas

rondantes e infestadas con puntitos negros alados.

Las olas se volvieron asesinas contra mis párpados

desgarrando tejidos y glóbulos.

Amanecer de un nuevo día...

Sé que nunca conseguiré a esa hermosa mujer del acantilado.

En sueños veo su rostro negro y

brillante que ignora mi presencia.

Atrapa mis manos solo un instante, y

toda la fiereza animal de sus instintos,

me conmociona.

Ahora lo veo todo claro: la mujer no es real,

pero la isla con sus habitantes en el hotel,

la música en el gramófono,

las flores del pequeño jardín que construyo...

 

Dudo que ese planteamiento sea justo, es más bien erróneo,

salpicado con conjeturas que forjo en una dialéctica desesperada.

 

Las noches se pasan y siempre es el agua quien me despierta,

uno de estos días amaneceré ahogado

por una subida de agua original.

Veo a la mujer allá en las rocas, hoy

sin su sombrero de ala ancha.

Voy a su encuentro...

Aunque no me vea,

aunque no la toque.

 

 

MIGUEL ÁNGEL BARROSO 

 

 
 

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