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PEINARSE
EL CORAZÓN
Para
calmarse un poco
procuraba
peinarse el corazón
siguiendo
los consejos de su amigo:
el
corazón, igual que los cabellos,
hay
que arreglarlo todas las mañanas,
le
había transmitido.
Y
así, día tras día,
las
púas penetraban en su carne
arañaban
la piel ya dolorida,
sangraban
hasta
llegar a la preciada víscera,
mas
nada conseguía en lo tocante el tema.
Llegó
a llamar a un peluquero experto
que
no pudo peinarlo, pero le hizo un tatuaje
a
la medida exacta de la tetilla izquierda
con
forma, claro está, de corazón:
así
será más fácil arreglárselo,
dejó
dicho. Y entonces
empezó
a cepillarse su tatuaje,
primero
con esmero, luego con impaciencia,
con
rabia, intentó cortes más exóticos;
la
calma no llegaba.
Llamó
a su buen amigo y se lo dijo:
–Esto
no me funciona.
–Es
infalible, insiste, contestó.
Cuando
se taladró el pezón con un pincho
encontró
al fin la paz (Arroba.
No
siempre los consejos de un buen amigo aciertan
pero
ya estoy en paz, algo tendrán,
pensaba
agonizante con la sonrisa puesta
en
un montón de venas desplomadas).
à à à |