| Aunque
sé que la jactancia es una noción despreciable, he de reconocer que
puedo hablar todas las lenguas; suelo expresarme en castellano, que es el
idioma en el que me hablan los muertos, pero soy capaz de conversar en
quechua, como los indios del Perú, y he escrito poemas épicos en sardo,
el dialecto de la isla de Cerdeña. Puedo hablar incluso lenguas de
pueblos que no conozco, pues me dota de talento la sola voluntad de
hacerlo. Todo lo difícil es fácil, todo lo blanco es negro y todo lo
grande cabe en lo pequeño, por eso intenté regresar al vientre de mi
madre, pero eso es algo todavía improcedente. Dicen quienes me conocen
(un puñado de ignorantes) que las palabras me traicionarán y que acabaré
muerto entre cubos de basura, yo los escucho con respeto, pero sé que están
equivocados; mi destino está más allá de lo humano (tengo la desgracia
de ser inmortal) y no puedo dejarme influir ni siquiera por aquellos que
me demuestran afecto. El afecto es siempre una proyección del cinismo y,
aunque lo malo es bueno y lo trascendente es frívolo, conviene ser cauto
en las relaciones humanas. Sólo el sentimiento entre la madre y el hijo
está limpio de culpa, yo abrí el vientre de mi madre con un cuchillo de
hoja virtual y lo hice por amor, ésa es la gran prueba. Ninguna mujer me
ha dado tanto como mi madre, y ninguna
(hablo también de aquellas con las que he copulado) me ha hecho
sentir placer, quizás la inmortalidad me ha desprovisto del impulso de la
reproducción, o quizá he volcado ya todo mi amor y vivo ahora sustentado
por el egoísmo. Nada me sorprende, nada me afecta, soy capaz de estar inmóvil
durante todo un día, o durante toda una semana, adopto una postura, ya
sea cómoda, ya incómoda, y me mantengo impasible, ocupado en recitar un
viejo discurso de apología en todos los idiomas que conozco. No se trata
de un abandono de la voluntad, sino de un voluntario abandono de toda
energía. El movimiento es quietud, y la muerte, vida; así lo comprendió
mi madre mientras la hoja virtual (y por lo tanto indolora) del cuchillo
abría su piel, es un concepto sublime, sólo al alcance de unos pocos.
Cuando su sangre fluía por los márgenes de la herida, mientras que yo
introducía mis manos en el calor de sus entrañas (¡cuánto anhelo hasta
llegar a ese retorno!) mi madre sonreía con una paz de la que sólo ella
estaba dotada. Lo brutal es manso y lo turbulento nítido. A veces soy un
príncipe y reparto prebendas, a veces soy un villano y me como los dedos
de los muertos. Cuando se come los dedos de los muertos se adquiere el
conocimiento de todos los objetos que esos dedos tocaron; hay muertos que
saben a taller de orfebrería, y los hay con gusto a esencia de rosas. No
sé dónde nací, ni sé la edad que tengo, sólo sé que soy inmortal y
políglota y que abrí el vientre de mi madre para recuperar el abrigo de
sus entrañas. Los hombres sobreviven entre sus miserias y yo disfruto del
espectáculo de mi existencia. Nada es la totalidad; en el bosque de Santa
Cecilia brotan rostros humanos de la corteza de los árboles, yo me acerco
allí para verlos la última semana de septiembre, suelen ser rostros
curtidos por el sufrimiento, rostros que acusan el esfuerzo de surgir de
la madera (igual que su expresión era la del infinito número de hombres
liberados por mí). Creo que soy joven todavía, aunque ignoro cuánto
dura la juventud de la inmortalidad, no tengo noticia de dioses ni de ángeles,
y eso me hace concluir que no existen, no soy prudente, pues no quiero
anquilosarme, y no me siento incomprendido, porque el masoquismo de la
incomprensión es el alimento de los falsos genios, todo lo concreto es
abstracto, y en las vísceras de mi madre había un calor húmedo que me
hizo conocer el verdadero amor. Creo que soy joven todavía, necesito
masturbarme para dormir y necesito repartir el semen por la cabecera de la
cama para soñar, todo hombre paga algún tributo, y éste es el mío…
¿He dicho ya que a veces soy un príncipe?
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Tras un estruendo, el funcionario
rompió el cerrojo de la puerta y cruzó torpemente la habitación; había
dedos mutilados en el suelo, en una esquina una mujer con el abdomen
rasgado se descomponía y, sentado en el centro, un hombre con los ojos en
blanco babeaba sin cesar.
El funcionario retrocedió dos pasos
y vomitó.
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JULIO CASTEDO |