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cae la noche en Letur

(lecturas poéticas)

Edición de José Luis Zúñiga

“Se tiene la peregrina idea que de sólo se logra sorpresa incitadora, modificación en la inercia, cuando uno se desplaza a lo lejano en vivo. Pero, ya ves, llegas a Soria, que estuvo siempre al lado, y pocas son las cosas que no te desconciertan gratamente”.

 

 

Las Primeras Jornadas Estivales de Letur tuvieron lugar a finales de agosto de 2003. La idea, que veníamos rumiando desde hacía tiempo, era sencilla: pasar unos cuantos días entre amigos, reposados, tranquilos; o, si se quiere, formar una especie de comuna (entiéndase bien, una comuna posmoderna) lejos de romerías, de playas y de esas parentelas que tanto proliferan a la sombra de un tiempo que se dice de asueto y te suele dejar sin resuello la mayoría de las veces. En el reparto de papeles que se hizo para que la estancia transcurriera plácidamente, yo recibí el encargo de actuar como animador cultural del cotarro. Pronto me puse manos a la obra con la ilusión que el asunto demandaba. Entre otras cosas, me pareció buena idea proveer a los participantes de una serie de textos alusivos a un tiempo y un lugar, al tiempo y al lugar en que íbamos a reunirnos. Tuve que hacer un cierto ejercicio de imaginación, porque yo todavía no conocía ni el paisaje ni el entorno en que habían de transcurrir nuestras vacaciones. Me afané en seleccionar variadas lecturas poéticas de autores más o menos acreditados –a toro pasado, puedo decir que me acerqué bastante a lo que pretendía; cosas de la poesía, sin duda–, y así, casi sin querer, fue naciendo lo que bauticé como Cuadernillos de Letur. Cada uno de nosotros iba a disponer de un ejemplar, circunstancia esta que, imaginaba yo, además de procurar una benéfica comunión espiritual entre los comuneros, serviría para revivir las ya un tanto olvidadas tertulias poéticas de otros tiempos. Bueno, pero antes de proseguir con la génesis del libro quisiera hacer un inciso para hablar un poco de Letur y nuestras vivencias de aquellos días.

Aunque el autor de la cita que encabeza estas líneas se refiere a mi admirada Soria, seguro que José-Miguel Ullán estaría de acuerdo conmigo en que con Letur sucede lo mismo. Tanto da. En Letur es el frescor nocturno, el silencio, la amabilidad sin aspavientos, el revuelo de los pájaros al atardecer, el rumor de las aguas por malecones y acequias, las calles retorcidas sobre sí mismas, las casas colgadas en la roca de forma inverosímil, los miradores hacia la planicie infinita. La sorpresa, en fin: también en Letur.

Vivíamos en la casa de arriba o el chalet de D. Ángel o, simplemente, el chalet (no tenía pérdida en cualquier caso). Entre pinadas, sabinas, higueras y olivares, las horas pasaban maravillosamente lentas. Después de comer nos retirábamos al interior del caserón –el sol pegaba fuerte a aquellas horas, eran todavía los días de la ola de calor–, cada uno a lo suyo. Pero, ya al atardecer, comenzábamos a aparecer uno tras otro, como convocados por un misterioso maestro de ceremonias –no creo que fuese Gaspar, que se limitaba a ejercer de jefe de comandos, y eso es otra cosa– y nos acomodábamos en el amplio atrio de la casa. Desde allí disfrutábamos de una puesta de sol cada día igual y siempre diferente. La música de Wagner (solíamos escuchar para la ocasión el aria de la muerte de Isolda o algo similar) se mezclaba con los gorjeos alborotados de pajarillos varios que empezaban ya la retirada hacia su –nuestra– palmera. Cada tarde nos sorprendíamos con nuevas gamas en la paleta de grises del celaje, de modo que al caer la noche ya rozábamos un estado cuasi-místico que nos predisponía a celebraciones de mayor enjundia.

Volviendo a los Cuadernillos, la idea de que fueran leídos cuando el desayuno, al fresco mañanero, o ya caída la noche, a esa hora en que las tertulias empiezan a sosegarse, resultó frustrada. Algo se leyó, sí, pero debo decir que las jornadas fueron más gastronómicas que poéticas, por culpa de (o mejor, gracias a) nuestro encargado de intendencia y cocina, José Manuel Espresati, que regaló los paladares de cuantos por allí quisieron acercarse con manjares de lo más variado, ya que iban desde las recias patatas bravas hasta una sorprendente sopa fría con tempura hojaldrada especialmente apropiada para aliviar el bochorno. Un maestro. Eso sí, en el postre nunca faltaron las toñas y los suspiros que a diario nos suministraba la panadería del pueblo.

En fin, lo cierto es que nunca pensé los Cuadernillos como un libro. Y se hubieran quedado en lo que inicialmente fueron, una simple selección, que no antología ni mucho menos, para uso y disfrute exclusivo de los inquilinos del chalet, si no fuera porque, ya en el invierno, cuando releí sus páginas, empecé a recordar a las buenas gentes de Letur, a los Ortuño y a los Tomás, a la tía Pili y su casa llena de bacías, al tío Juan y sus baños romanos, al molino de Práxedes…y pensé que bien se merecían que esta circunstancial selección de lecturas viera la luz de forma más reposada.

Así fue como aquel cuaderno se convirtió en el libro que el lector acaba de abrir.

                                                                                                  Madrid,  enero de 2004

 

JOSÉ LUIS ZÚÑIGA

 

 

 

 

 

GASPAR

    

Mi memoria recorre, descalza, el laberinto.

                                F. Benítez Rojas

 

Ni el amor prematuro ni la rústica villa:

has atrapado a tiempo la sombra de tu sombra

que no deben beber ni aspirar, a deshoras,

hijos, tías, sobrinos, soldadesca o sargentos.

 

Hora es de hacer balance –no sé cómo me atrevo–

y adorar lo que tienes junto a ti: esa chiquilla

que tanto te requiere y que tú quieres tanto.

Sin ella ya no puedes vivir, mi General.

                               Jorge del Primor

 

 

 

 

 

 

 

MARISA

La noche mide las cosas.

Olvido G. Valdés

 

No me lo pidas, no, tú bien lo sabes,

porque no pasó nada, aquella tarde

eras enorme, vida, gracia, gloria,

todos estaban con la soga al cuello,

todos al borde del abismo estaban

amándose. La tarde

se llenaba de informes semanales

y cócteles absurdos que agitaba

el bueno de Santiago. Tanto y tanto

nos quisimos entonces que ahora es poco.

Esa es la extraña sensación que tengo

cuando escribo estos versos.

                                                                                               Jorge del Primor

 

 

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