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“Se
tiene la peregrina idea que de sólo se logra sorpresa incitadora,
modificación en la inercia, cuando uno se desplaza a lo lejano en vivo.
Pero, ya ves, llegas a Soria, que estuvo siempre al lado, y pocas son las
cosas que no te desconciertan gratamente”.
Las Primeras
Jornadas Estivales de Letur
tuvieron lugar a finales de agosto de 2003. La idea, que veníamos
rumiando desde hacía tiempo, era sencilla: pasar unos cuantos días entre
amigos, reposados, tranquilos; o, si se quiere, formar una especie de
comuna (entiéndase bien, una comuna posmoderna) lejos de romerías, de
playas y de esas parentelas que tanto proliferan a la sombra de un tiempo
que se dice de asueto y te suele dejar sin resuello la mayoría de las
veces. En el reparto de papeles que se hizo para que la estancia
transcurriera plácidamente, yo recibí el encargo de actuar como animador
cultural del cotarro. Pronto me puse manos a la obra con la ilusión que
el asunto demandaba. Entre otras cosas, me pareció buena idea proveer a
los participantes de una serie de textos alusivos a un tiempo y un lugar,
al tiempo y al lugar en que íbamos a reunirnos. Tuve que hacer un cierto
ejercicio de imaginación, porque yo todavía no conocía ni el paisaje ni
el entorno en que habían de transcurrir nuestras vacaciones. Me afané en
seleccionar variadas lecturas poéticas de autores más o menos
acreditados –a toro pasado, puedo decir que me acerqué bastante a lo
que pretendía; cosas de la poesía, sin duda–, y así, casi sin querer,
fue naciendo lo que bauticé como Cuadernillos de Letur.
Cada uno de nosotros iba a disponer de un ejemplar, circunstancia esta
que, imaginaba yo, además de procurar una benéfica comunión espiritual
entre los comuneros, serviría para revivir las ya un tanto olvidadas
tertulias poéticas de otros tiempos. Bueno, pero antes de proseguir con
la génesis del libro quisiera hacer un inciso para hablar un poco de
Letur y nuestras vivencias de aquellos días.
Aunque el autor
de la cita que encabeza estas líneas se refiere a mi admirada Soria,
seguro que José-Miguel Ullán estaría de acuerdo conmigo en que con
Letur sucede lo mismo. Tanto da. En Letur es el frescor nocturno, el
silencio, la amabilidad sin aspavientos, el revuelo de los pájaros al
atardecer, el rumor de las aguas por malecones y acequias, las calles
retorcidas sobre sí mismas, las casas colgadas en la roca de forma
inverosímil, los miradores hacia la planicie infinita. La sorpresa, en
fin: también en Letur.
Vivíamos en la
casa de arriba o el chalet de D. Ángel o, simplemente, el chalet (no tenía
pérdida en cualquier caso). Entre pinadas, sabinas, higueras y olivares,
las horas pasaban maravillosamente lentas. Después de comer nos retirábamos
al interior del caserón –el sol pegaba fuerte a aquellas horas, eran
todavía los días de la ola de calor–, cada uno a lo suyo. Pero, ya al
atardecer, comenzábamos a aparecer uno tras otro, como convocados por un
misterioso maestro de ceremonias –no creo que fuese Gaspar, que se
limitaba a ejercer de jefe de comandos, y eso es otra cosa– y
nos acomodábamos en el amplio atrio de la casa. Desde allí
disfrutábamos de una puesta de sol cada día igual y siempre diferente.
La música de Wagner (solíamos escuchar para la ocasión el aria de la
muerte de Isolda o algo similar) se mezclaba con los gorjeos alborotados
de pajarillos varios que empezaban ya la retirada hacia su –nuestra–
palmera. Cada tarde nos sorprendíamos con nuevas gamas en la paleta de
grises del celaje, de modo que al caer la noche ya rozábamos un estado
cuasi-místico que nos predisponía a celebraciones de mayor enjundia.
Volviendo
a los Cuadernillos, la idea de que fueran leídos cuando el desayuno, al
fresco mañanero, o ya caída la noche, a esa hora en que las tertulias
empiezan a sosegarse, resultó frustrada. Algo se leyó, sí, pero debo
decir que las jornadas fueron más gastronómicas que poéticas, por culpa
de (o mejor, gracias a) nuestro encargado de intendencia y cocina, José
Manuel Espresati, que regaló los paladares de cuantos por allí quisieron
acercarse con manjares de lo más variado, ya que iban desde las recias
patatas bravas hasta una sorprendente sopa fría con tempura hojaldrada
especialmente apropiada para aliviar el bochorno. Un maestro. Eso sí, en
el postre nunca faltaron las toñas y los suspiros que a diario nos
suministraba la panadería del pueblo.
En fin, lo
cierto es que nunca pensé los Cuadernillos como un libro. Y se hubieran
quedado en lo que inicialmente fueron, una simple selección, que no
antología ni mucho menos, para uso y disfrute exclusivo de los inquilinos
del chalet, si no fuera porque, ya en el invierno, cuando releí sus páginas,
empecé a recordar a las buenas gentes de Letur, a los Ortuño y a los Tomás,
a la tía Pili y su casa llena de bacías, al tío Juan y sus baños
romanos, al molino de Práxedes…y pensé que bien se merecían que esta
circunstancial selección de lecturas viera la luz de forma más reposada.
Así fue como
aquel cuaderno se convirtió en el libro que el lector acaba de abrir.
Madrid,
enero de 2004
JOSÉ LUIS ZÚÑIGA |
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GASPAR
Mi
memoria recorre, descalza, el laberinto.
F. Benítez Rojas
Ni
el amor prematuro ni la rústica villa:
has
atrapado a tiempo la sombra de tu sombra
que
no deben beber ni aspirar, a deshoras,
hijos,
tías, sobrinos, soldadesca o sargentos.
Hora
es de hacer balance –no sé cómo me atrevo–
y
adorar lo que tienes junto a ti: esa chiquilla
que
tanto te requiere y que tú quieres tanto.
Sin
ella ya no puedes vivir, mi General.
Jorge del
Primor |
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MARISA
La
noche mide las cosas.
Olvido
G. Valdés
No
me lo pidas, no, tú bien lo sabes,
porque
no pasó nada, aquella tarde
eras
enorme, vida, gracia, gloria,
todos
estaban con la soga al cuello,
todos
al borde del abismo estaban
amándose.
La tarde
se
llenaba de informes semanales
y
cócteles absurdos que agitaba
el
bueno de Santiago. Tanto y tanto
nos
quisimos entonces que ahora es poco.
Esa
es la extraña sensación que tengo
cuando
escribo estos versos.
Jorge
del Primor
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