EDICIONES DEL PRIMOR

Arriba ] recetas ] calma chicha ] cuaderno negro ] trovar ] que en el cielo.. ] la lluvia de los pajaros ] [ juguetes ] poemas alemanes ] insensatos movimientos ] linfa veladura ] libro de familia ] al aire del sur ] poesía en celo ] oda a Martenot ] complejas perspectivas ] con pluma ] libro del orto ] poemas de la agresión ] libro de Lalo ] la mascara de mi piel ] solo el cambio perdura ] historias de amor ] peinarse cada día ] Letur ] tres cuadernos ] Terencio ] el grito de marmol ] acechamos ] hambre de ahora ] auriga de Delfos ] triptico ] el pajaro azul ] el grito del Taguloguta ] ceremonia del amor ] versiones ] canto candeatico ] poemas incorrectos ] paraiso en ruinas ] el libro de Lalo 2 ]


 

juguetes de hojalata

HISTORIA DEL PECADO DE ANDRÉS, QUE

TENÍA UN CARRO Y UN FIEL CABALLO


             Cuando yo era pequeño aún recorrían la calzada central de La Castellana algunos carruajes. Las niñas y los niños bien paseaban los domingos por esta avenida que era, según tradición, la más bonita de Madrid y una de las más hermosas de toda Europa. Llegado el momento, ellas - siempre iban en grupo los novios de entonces, y sobre todo a la hora del aperitivo - decían que era muy romántico eso de pasear en carroza, y ellos se rascaban el bolsillo y alquilaban una que iba desde Colón a Castelar, y vuelta.

            Yo, que entonces dejaba en La Castellana lo mejor de mis días, las veía pasar con harta envidia. Me encantaba el ritmo del caballo siempre al trote, y el brillante color de las ruedas del carruaje, amarillo o rojo intenso, en contraste con el oscuro acharolado de la caja. También recuerdo con nostalgia los faroles que figuraban junto al pescante, y pensaba que como iba a ser muy difícil poseer nunca un carruaje, tal vez me conformaría con iluminar mi mesa de estudio con uno de ellos. Pero luego nunca tuve mesa de estudio y cuando, ya jovencito, la compré, apenas me quedaban ganas de estudiar. En definitiva, hubiera sido igual: tampoco encontré nunca un carruaje que me prestara sus ojos.

            A todos los niños les gusta tener un juguete tan simple como un caballo tirando de un carro. A falta de un carruaje como los que comentaba, yo tuve varios de juguete. Muchos de rudimentaria madera, pintada en vivos colores. Pero guardo memoria de uno por lo menos, de hojalata, muy semejante al que hoy vive en mi colección. Quizá llegara a mis manos por obra y gracia de un cumpleaños, o de la espontánea generosidad de una tía de esas que le pellizcaban a uno el moflete y le pinchaban con el bigote en sus efusivos besos[1]. No lo sé a ciencia cierta. Sí distingo, sin embargo, entre las brumas del pasado, una leve diferencia con el carrito que tengo actualmente. El de entonces era una tartana, mientras que el de ahora es eso: simplemente, un carro.

            El caballo de mi carro no es un pura sangre, pero tiene buena estampa. Es muy veloz, de manera que su amo, llamado Andrés, está muy contento con él, porque hace muchos portes al día, y gana bastantes perras. Lo compró en una feria de ganado en Navalmoral de la Mata, montó en sus lomos y se lo trajo a Madrid en varias etapas. Una vez aquí lo enganchó del carro y puso en pie un negocio que le ha dado cierta prosperidad, porque ahora (y hablo de 1.949 o así) su señora tiene medias de cristal, y su chaval juega al fútbol con los perillanes del barrio dando patadas a un espléndido balón de reglamento, de esos de cuero cosido a mano. El caballito se ha portado, vamos.

            Aunque el carrito del que hablo dista mucho de ser como los carruajes que tanto admiraba en La Castellana, hay en él un juego amoroso practicado por el amo que le otorgaba el mismo carácter de vehículo del amor. Si los niños bien tontean con las niñas bien a bordo de aquellos, el amo de mi carrito ha utilizado alguna vez su primitivo carro para devaneos amorosos urdidos en la clandestinidad. En esto el hombre ha sido prudente. Su esposa, que se llama Gregoria, estaba de siempre destemplada de los nervios, y si llega a tener conocimiento de que su hombre se la pegaba con otra, seguro que hubiera recurrido al hacha o al vitriolo. Algo espectacular, porque la Gregoria nunca se anduvo con rodeos.

            Pero... ¿Cómo iba a suponer la pobre mujer que su esposo, entre porte y porte, echaba una canita al aire en el mismo carro?. La primera vez fue transportando lana destinada a una colchonería. Pasaba por la Ronda de Segovia  y se asomó a una ventana a tender unas bragas negras la Benita, una moza radiante y prieta que ya hacía tiempo le andaba tirando los tejos. La delicada prenda íntima que tenía en sus manos en aquel momento fue, como diría un crítico taurino, el engaño. Y en él entró el racial Andrés embistiendo con fuerza, pero también con nobleza. Al poco, y amparados en la oscuridad de una cochera, Benita y Andrés se mecían fundidos a la altura del bajo vientre entre las mullidas olas de lana. Y el caballico, discretamente, se limitaba a espantarse las moscas con la cola. Eso es un caballo diplomático.

            Andrés le tomó el gusto a este tipo de aventuras sobre ruedas, y fue poco a poco especializándose en portes que le procuraban un lecho acogedor. La lana era, por decirlo así, el porte rey, pero tampoco era manca la arena de las orillas del Manzanares, y resultaba muy bucólica la paja, que de alguna manera le recordaba la ocasión que, allá en el pueblo, su prima, la ardiente Angelita, le abrió por primera vez sobre la parva de la era la espita del amor. Fue un acontecimiento de gran significación en su vida, y que desde el asunto con la Benita se empeñó en conmemorar con harta frecuencia.

            Por esa misma razón ponía cada vez más caros los portes de chatarra, de muebles viejos -a excepción de camas con colchón, claro- y de escombros, aunque accedía a llevar algunos animales, porque resultaba divertido ver el escándalo que armaban los corderos, por ejemplo, cuando se les robaba espacio para dar cabida a dos cuerpos retozones. Además, que el ganado daba un temple extraordinario, como confesaba el mismo Andrés.

            Un día la Gregoria amaneció con un bulto en el pecho. Y cuando después de muchas visitas, análisis y radiografías, el médico se quitó las gafas para contarle los resultados, Andrés echó a temblar pensando lo peor. Primero le dijo el doctor que toda hermosura perecerá, y demás filosofías por el estilo. Simple preparación psicológica, porque llegado el momento, no tuvo más remedio que soltar el ponzoñoso diagnóstico.

-          Cáncer, hijo, está perdidita de cáncer.

Aún tuvo arrestos el Andrés para tragarse el dolor y volver a casa bromeando. Pero cuando después de dejar a la parienta en casa, bajó para encerrar el carro, se abrazó al cuello de su fiel caballo llorando como un bebé.

-          ¡La he matado yo, con mis engaños!.

Y se quejaba de que Dios fuera tan arbitrario como para hacer pagar a su esposa la penitencia de un pecado que le correspondía a él, y sólo a él, purgarlo.

            Con los rigores del invierno, se aceleró la enfermedad de Gregoria. Ya estaba consumidita la pobre mujer cuando murió, dejando a su hijo, a su Andrés y al caballo del Andrés hundidos para siempre en la más profunda pena, de la que sólo supo resurgir el primero cuando se hizo un buen electricista y se casó con la hija de un comerciante de ultramarinos de Alcalá de Henares.

            Andrés siguió vagando con su caballo y su carro por ahí, abandonando poco a poco sus portes, por más que con la viudez dejaran estos de ser pecaminosos. La sensación de culpabilidad podía más que el cosquilleo de su virilidad, cada vez menos alegre y  más taciturna.

            Un día se murió sobre el pescante, y en ese mismo instante falleció también su buen caballo, que quedó paralizado en una modélica estampa de gallardo trote. Les había matado la tristeza, y para qué iban a esperar que les finiquitara poco a poco una enfermedad. Más valía salir de naja. Así, discretamente, sin solicitar ni una lágrima de más. O sea, que se murieron de repente y a otra cosa.

            Entonces un juguetero que pasaba en ese momento por allí vio la hermosa estampa del carrito y del caballo congelados en su último trote, y sin reparar en que aquello era una naturaleza muerta decidió fabricar un juguetito de hojalata exactamente igual, que haría felices a tres mil niños por lo menos.

            Este es el juguete que guardo ahora para mi colección. Algunas veces lo he observado muy de cerca, para ver si todavía deja escapar Andrés alguna lágrima en memoria de su desdichada esposa. Pero nada invita a pensar que el antiguo transportista sea un viudo inconsolable. Al contrario, parece como si con su transformación en juguete, hubiera querido cambiar el luto de su dolor por un fantástico arcoiris.

            Quizás quiera expiar de esta forma lo que él cree su culpa. El caso es que la mugre que cubría entonces carro y caballo ha desaparecido milagrosamente, y en su lugar aparece hoy un conjunto alegre pintado en vivos colores, como aquellos carruajes cascabeleros que tanto me gustaba ver cuando pasaban trotando por la calzada central de La Castellana.

 

LUIS FIGUEROLA-FERRETTI


[1] En realidad, esta hipótesis es demasiado optimista. Las tías con bigote nunca eran demasiado espléndidas.

TITULOS ] PORTADAS ] nombres propios ] El crimen del monte ] SUSCRIPCIONES ] AUTORES ] Ed. musicales ]


Principal ] PINTURA NAIF ] EDICIONES DEL PRIMOR ] JLB/discos ]