
Cuando yo era
pequeño aún recorrían la calzada central de La Castellana algunos
carruajes. Las niñas y los niños bien paseaban los domingos por esta
avenida que era, según tradición, la más bonita de Madrid y una de
las más hermosas de toda Europa. Llegado el momento, ellas - siempre
iban en grupo los novios de entonces, y sobre todo a la hora del
aperitivo - decían que era muy romántico eso de pasear en carroza, y
ellos se rascaban el bolsillo y alquilaban una que iba desde Colón a Castelar,
y vuelta.
Yo, que entonces
dejaba en La Castellana lo mejor de mis días, las veía pasar con harta
envidia. Me encantaba el ritmo del caballo siempre al trote, y el
brillante color de las ruedas del carruaje, amarillo o rojo intenso, en
contraste con el oscuro acharolado de la caja. También recuerdo con
nostalgia los faroles que figuraban junto al pescante, y pensaba que
como iba a ser muy difícil poseer nunca un carruaje, tal vez me
conformaría con iluminar mi mesa de estudio con uno de ellos. Pero
luego nunca tuve mesa de estudio y cuando, ya jovencito, la compré,
apenas me quedaban ganas de estudiar. En definitiva, hubiera sido igual:
tampoco encontré nunca un carruaje que me prestara sus ojos.
A todos los
niños les gusta tener un juguete tan simple como un caballo tirando de
un carro. A falta de un carruaje como los que comentaba, yo tuve varios
de juguete. Muchos de rudimentaria madera, pintada en vivos colores.
Pero guardo memoria de uno por lo menos, de hojalata, muy semejante al
que hoy vive en mi colección. Quizá llegara a mis manos por obra y
gracia de un cumpleaños, o de la espontánea generosidad de una tía de
esas que le pellizcaban a uno el moflete y le pinchaban con el bigote en
sus efusivos besos[1].
No lo sé a ciencia cierta. Sí distingo, sin embargo, entre las brumas
del pasado, una leve diferencia con el carrito que tengo actualmente. El
de entonces era una tartana, mientras que el de ahora es eso:
simplemente, un carro.
El caballo de mi
carro no es un pura sangre, pero tiene buena
estampa. Es muy veloz, de manera que su amo, llamado Andrés, está muy
contento con él, porque hace muchos portes al día, y gana bastantes
perras. Lo compró en una feria de ganado en Navalmoral
de la Mata, montó en sus lomos y se lo trajo a Madrid en varias etapas.
Una vez aquí lo enganchó del carro y puso en pie un negocio que le ha
dado cierta prosperidad, porque ahora (y hablo de 1.949 o así) su señora
tiene medias de cristal, y su chaval juega al fútbol con los perillanes
del barrio dando patadas a un espléndido balón de reglamento, de esos
de cuero cosido a mano. El caballito se ha portado, vamos.
Aunque el carrito
del que hablo dista mucho de ser como los carruajes que tanto admiraba
en La Castellana, hay en él un juego amoroso practicado por el amo que
le otorgaba el mismo carácter de vehículo del amor. Si los niños bien
tontean con las niñas bien a bordo de
aquellos, el amo de mi carrito ha utilizado alguna vez su primitivo
carro para devaneos amorosos urdidos en la clandestinidad. En esto el
hombre ha sido prudente. Su esposa, que se llama Gregoria,
estaba de siempre destemplada de los nervios, y si llega a tener
conocimiento de que su hombre se la pegaba con otra, seguro que hubiera
recurrido al hacha o al vitriolo. Algo espectacular, porque la Gregoria
nunca se anduvo con rodeos.
Pero... ¿Cómo
iba a suponer la pobre mujer que su esposo, entre porte y porte, echaba
una canita al aire en el mismo carro?. La
primera vez fue transportando lana destinada a una colchonería. Pasaba
por la Ronda de Segovia y
se asomó a una ventana a tender unas bragas negras la Benita,
una moza radiante y prieta que ya hacía tiempo le andaba tirando los
tejos. La delicada prenda íntima que tenía en sus manos en aquel
momento fue, como diría un crítico taurino, el engaño. Y en él entró
el racial Andrés embistiendo con fuerza, pero también con nobleza. Al
poco, y amparados en la oscuridad de una cochera, Benita
y Andrés se mecían fundidos a la altura del bajo vientre entre las
mullidas olas de lana. Y el caballico, discretamente, se limitaba a
espantarse las moscas con la cola. Eso es un caballo diplomático.
Andrés le tomó
el gusto a este tipo de aventuras sobre ruedas, y fue poco a poco
especializándose en portes que le procuraban un lecho acogedor. La lana
era, por decirlo así, el porte rey, pero tampoco era manca la arena de
las orillas del Manzanares, y resultaba muy bucólica la paja, que de
alguna manera le recordaba la ocasión que, allá en el pueblo, su
prima, la ardiente Angelita, le abrió por
primera vez sobre la parva de la era la espita del amor. Fue un
acontecimiento de gran significación en su vida, y que desde el asunto
con la Benita se empeñó en conmemorar con
harta frecuencia.
Por esa misma razón
ponía cada vez más caros los portes de chatarra, de muebles viejos -a
excepción de camas con colchón, claro- y de escombros, aunque accedía
a llevar algunos animales, porque resultaba divertido ver el escándalo
que armaban los corderos, por ejemplo, cuando se les robaba espacio para
dar cabida a dos cuerpos retozones. Además, que el ganado daba un
temple extraordinario, como confesaba el mismo Andrés.
Un día la Gregoria
amaneció con un bulto en el pecho. Y cuando después de muchas visitas,
análisis y radiografías, el médico se quitó las gafas para contarle
los resultados, Andrés echó a temblar pensando lo peor. Primero le
dijo el doctor que toda hermosura perecerá, y demás filosofías por el
estilo. Simple preparación psicológica, porque llegado el momento, no
tuvo más remedio que soltar el ponzoñoso diagnóstico.
-
Cáncer,
hijo, está perdidita de cáncer.
Aún
tuvo arrestos el Andrés para tragarse el dolor y volver a casa
bromeando. Pero cuando después de dejar a la parienta en casa, bajó
para encerrar el carro, se abrazó al cuello de su fiel caballo llorando
como un bebé.
-
¡La
he matado yo, con mis engaños!.
Y
se quejaba de que Dios fuera tan arbitrario como para hacer pagar a su
esposa la penitencia de un pecado que le correspondía a él, y sólo a
él, purgarlo.
Con los rigores
del invierno, se aceleró la enfermedad de Gregoria.
Ya estaba consumidita la pobre mujer cuando murió, dejando a su hijo, a
su Andrés y al caballo del Andrés hundidos para siempre en la más
profunda pena, de la que sólo supo resurgir el primero cuando se hizo
un buen electricista y se casó con la hija de un comerciante de
ultramarinos de Alcalá de Henares.
Andrés siguió
vagando con su caballo y su carro por ahí, abandonando poco a poco sus
portes, por más que con la viudez dejaran estos de ser pecaminosos. La
sensación de culpabilidad podía más que el cosquilleo de su
virilidad, cada vez menos alegre y
más taciturna.
Un día se murió
sobre el pescante, y en ese mismo instante falleció también su buen
caballo, que quedó paralizado en una modélica estampa de gallardo
trote. Les había matado la tristeza, y para qué iban a esperar que les
finiquitara poco a poco una enfermedad. Más valía salir de naja. Así,
discretamente, sin solicitar ni una lágrima de más. O sea, que se
murieron de repente y a otra cosa.
Entonces un
juguetero que pasaba en ese momento por allí vio la hermosa estampa del
carrito y del caballo congelados en su último trote, y sin reparar en
que aquello era una naturaleza muerta decidió fabricar un juguetito de
hojalata exactamente igual, que haría felices a tres mil niños por lo
menos.
Este es el juguete
que guardo ahora para mi colección. Algunas veces lo he observado muy
de cerca, para ver si todavía deja escapar Andrés alguna lágrima en
memoria de su desdichada esposa. Pero nada invita a pensar que el
antiguo transportista sea un viudo inconsolable. Al contrario, parece
como si con su transformación en juguete, hubiera querido cambiar el
luto de su dolor por un fantástico arcoiris.
Quizás quiera
expiar de esta forma lo que él cree su culpa. El caso es que la mugre
que cubría entonces carro y caballo ha desaparecido milagrosamente, y
en su lugar aparece hoy un conjunto alegre pintado en vivos colores,
como aquellos carruajes cascabeleros que tanto me gustaba ver cuando
pasaban trotando por la calzada central de La Castellana.

LUIS
FIGUEROLA-FERRETTI