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JUANITO
A
Juan Soler, después de ser padre, deseándole muchas felicidades en su
cumpleaños.
TODO
LE SONREÍA hasta que pasó aquello.
Vagando
por caminos entre las parideras
buscaba
rovellones y descifraba mapas.
Lejos
quedaba entonces la fiebre del diseño,
era
feliz con todo, a todo se amoldaba.
Todo
le sonreía hasta que pasó aquello.
Los
salones de baile conocieron su ingenio,
las
mujeres, su encanto, su gracia el carnaval.
Ardor
quizás no tuvo, pero, siempre incansable,
de
las cumbres altivas dio cuenta con su afán.
Era
un hombre orgulloso de su gente, entrañable,
cuidaba
bien su casa, su jardín y sus plantas...
Llegó
a tocar la gloria cuando, ya funcionario,
fue
experto en riachuelos y jefe en Turespaña.
Todo
le sonreía hasta que pasó aquello.
Llevado
por su empeño de ser cariñosísimo
una
tarde cualquiera dio en montar una fiesta
con
la inconsciencia propia del padre satisfecho:
llenó
la casa toda de globos y velitas
para
amigos del parque, del barrio, de la escuela.
Eso
fue el primer día, luego ya no es posible
recordar
cuántos niños ni cuántas fiestas hubo.
Todo
le sonreía hasta que pasó aquello,
el
primer cumpleaños de su hijo primogénito,
el
siguiente también quiso tener lo suyo
y
repitió el primero, y el segundo yo quiero.
Apremiado,
el buen hombre dio todo lo que pudo
hasta
que de repente ya no pudo dar más.
Hoy
sufre de migrañas, él se siente muy enfermo,
se
acabó la montaña, se acabó el carnaval.
Todo
le sonreía hasta que pasó aquello:
los
cumpleaños no paran, todo su tiempo ocupan
fiestas,
hijos, migrañas: esto se acaba, Juan.
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