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Quizás
exagere, pero al menos admitid que uno de mis primeros recuerdos, si no el
primero, me lleva al campo. En concreto al Desierto de las Palmas. A
pesar del nombre, un paraje con bastante vegetación, al que solíamos
acudir las familias valencianas dominguero-excursionistas de aquella época.
Y es que desde que me alcanza la memoria, todos los fines de semana del año,
mi familia y yo nos echábamos al monte. En otoño, para coger rovellons,
en primavera, para recolectar espárragos y fuera de esas épocas, simplemente
por salir de la ciudad, hacer una pequeña excursión y asar en leña de pino
las longanizas de Altura que, indefectiblemente, constituían la dieta de esas
jornadas.
Aquel día de que os hablo, el grupo estaba formado por bastante gente,
casi todos mayores. Nos dirigimos hacia la ladera sur, pero sin alejarnos
demasiado del monasterio. A pesar de que por allí se encuentra el Bartolo, un
monte con espléndidas vistas a la costa de Benicasim,
apenas ascendimos unas decenas de metros.
Estoy
seguro de que eso no me gustó, pues ya entonces tenía la manía de intentar
subir a lo más alto. Claro que en la práctica ese afán se ha convertido en
una pequeña fuente de frustraciones, pues siempre me han faltado veinte minutos
para alcanzar la cima. Por eso nunca me despido de los sitios, sino que prometo
volver para completar lo que ha quedado a medio hacer.
Quizás
de esa manía provenga una cierta desazón que siento cuando elementos disolutos
o pusilánimes diluyen, en un mar de gastronomía y bombos, el espíritu
esforzado de nuestras primeras excursiones.
Volviendo
al papel del monte en mi educación sentimental, me doy cuenta de que he
exagerado al afirmar que salíamos todos los fines de semana. Y no sólo porque
entonces un fin de semana se reducía al domingo, sino porque aquello únicamente
pudo suceder desde que el coche nos proporcionó libertad de movimientos.
Antes
hubo muchos otros domingos en casa, solitarios y aburridos. No tenía hermanos
varones, ni podía bajar a la calle y ni siquiera teníamos tele. Sólo el
recurso a la imaginación, y esta fluye mejor al aire libre y desde lo alto,
dominando una amplia perspectiva.
Las
salidas al monte siguieron siendo un escape durante muchos años. Con mi
familia, solo o con amigos; en verano o invierno; en vacaciones o días
aislados; para cazar o pasear; durmiendo o con vuelta a casa, el monte permaneció
como un refugio ideal para fantasear.
Pero
poco a poco, con los años la imaginación tiende menos a las fantasías y más
al recuerdo. Será la madurez o simplemente hacerse viejo. En todo caso, el
monte pierde su función evasora y adquiere nuevos significados.
Afortunadamente
para mí, fue surgiendo el grupo de las excursiones, convirtiendo al monte en el
centro insustituible de nuevos alicientes, que no sé describir pero que tienen
que ver con sentimientos compartidos, con experiencias comunes y con
discrepancias dentro de una misma filosofía (como ejemplo, si se debe o no
matar a las vacas o, en otro orden de seres, a Pepe Frías). En suma, con vivir
momentos en que todos nos reconocemos y a los que nos gusta retornar.
De
esta forma, la excursión es ahora la forma renovada de mantener la afición que
se inició en aquel primer día en el Desierto de las
Palmas. Por cierto, que la
jornada aquélla acabó como el rosario de la aurora, pues por una nimiedad,
quizás que me apretase el zapato o no me gustase la comida, pillé una buena
rabieta, tanto más inconveniente cuanto que era el día en que cumplía cuatro
o, a lo sumo, cinco años.
Por
todo lo que os he referido, creed que desde entonces siempre que puedo voy al
monte, pero nunca en día de cumpleaños.
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