EDICIONES DEL PRIMOR

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pequeñas historias de amor

y otros efectos sin causa

 

 UNA PEQUEÑA HISTORIA DE AMOR

    Él y ella se conocieron en una fiesta a la que ninguno de los dos quería ir. 

Él trabajaba en la fábrica de pegamento de su padre.

Ella era encargada en la tienda de barnices de su tía materna. 

A ella le gustó el familiar aroma industrial de él.

A él le gustó que ella oliese a madera. 

Porque el amor es una respuesta fisiológica puramente olfativa en los humanos. 

Pasearon juntos en diversas ocasiones por el centro de la ciudad que habitaban. Comieron en restaurantes vegetarianos y comprendieron que empezaban a quererse, al menos un poquito.

─Empiezo a quererte, dijo él.

─Empiezo a quererte, dijo ella.

Y al comprobar, con gran alegría, que sus sentimientos eran recíprocos, se quisieron un poquito más todavía.

A él le gustaba el trato delicado aunque distante que le profesaba ella, el tacto resbaladizo de sus manos y su boca. Pero tenía la sensación de que una fina película de desconfianza le alejaba, a su pesar, de ella.

A ella le gustaba el trato firme y seguro de él, el tacto duro y agrietado de sus manos y sus labios, aunque una extraña atracción y una sensación de dificultad al separarse de él la asustaban en cierta medida.

La relación seguía los cánones establecidos en este tipo de historias entre dos enamorados tímidos, pero necesitados. Un día, en un beso apasionado, él notó que la fina película protectora se deshacía al contacto con su saliva, cayendo así la única barrera que aún les separaba.

A él le gustó el sabor a caoba de la boca de ella.

A ella le gustó el regusto a resina que le dejaban los labios de él.

La sensación ante el contacto carnal se agudizó en extremo en el pecho de ambos, una sensación de repentino calor que recorrió sus cuerpos, haciendo aún más presente el radiante sol que entre ellos brillaba con poderosa saña.

Emocionados en su salvaje excitación corrieron al apartamento de ella, casualmente cercano, y con prontitud se fueron desprendiendo de la ropa por el camino. En la acogedora protección del hogar gozaron de sus cuerpos hasta el completo agotamiento de sus energías, quedando extenuados, abrazados sobre el colchón.

Tras un momento de amoroso reposo en mutuo y complaciente silencio, al tratar de moverse, comprobaron con inquietud que sus sudores habían reaccionado químicamente y se habían quedado pegados el uno al otro.

Los mismos ojos que con anterioridad irradiaban amor y ternura albergaban ahora la sombra de la sospecha, el temor y recelo respecto a la culpabilidad del desafortunado accidente.

Cuanto más trataban de separarse, cada vez con mayor ahínco, más y más daño se ocasionaban.

Tras media hora de forcejeo infructuoso, con relativo tacto y respeto por el cuerpo del otro, ajeno aunque fundido, sufrieron un común ataque de pánico y tiraron hacia atrás con sus ya extenuadas fuerzas, rompiendo la mixtura que sus segregaciones corporales habían forjado.

Los terribles gritos y lamentos que cada uno,  ya separado de su involuntario apéndice, emitía ─a pesar de todo con un innegable parecido a un bien ensayado coro, pues sonaban en razonable unísono─, no parece que fueran objeto de comprensión  por parte del otro.

Ya que en verdad no se puede compartir el dolor propio, por no mencionar siquiera el ajeno.

Y una vez ingresados en el hospital, en la UVI, solicitaron ─eso sí, por separado y procurando cortésmente que tal petición no fuera mutuamente escuchada─ que les ubicaran lo más lejos  posible al uno del otro.

Jamás volvieron a verse, y desde entonces se profesan un resentimiento distante que el tiempo ha tornado olvido.

Porque es  jodido separarse de un ser querido. 

 

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No conviene sacar la espada muchas veces: los amores exponen a pendencias y desafios.  De los amores ilícitos no se suelen seguir más que ruidos.

 

UNA PEQUEÑA HISTORIA CON TRASFONDO SOCIAL

 Cae la noche sobre Madrid en un veraniego día de fiesta y la ciudad, laxa, hastiada de sí misma, el hormiguero, extiende sus huevas de metal sobre trampolines de asfalto en dirección a la ansiada agua. Los mendigos de la zona centro se reúnen en alguna de las múltiples plazas abandonadas de la mano de dios y con suerte también de la policía. Hoy es para ellos un día especial, su día grande.

Han comprendido su actual potencia social, la inexacta utilización del término marginal con que les  marcan, ya que tanto por número de representantes como por la atención mediática que despiertan se han convertido en un estamento social más, el más bajo de todos, pero con una repercusión específica en la infraestructura de la ciudad, por lo que están dispuestos a dar el primer paso para consolidar su posición real en el estrato sociológico y, como tal, lo primero que deben conseguir es tener una voz propia, una organización propia, no impuesta desde el exterior.

A pesar de su abandono conservan a su entender todos los derechos constitucionales propios de cualquier ser humano, cosa que, hasta que no se demuestre lo contrario ─para lo que sin duda encontrarían dispuestas multitudes de voluntarios entre los altos estratos de la sociedad─, ellos siguen siendo.

Mantienen el derecho al voto y les encantaría consumir si pudieran hacerlo, aunque a su modo contribuyen con una economía de supervivencia a pequeña escala, y no por ello menos capitalista, con su pertinente conocimiento sobre utensilios baratos, comidas en refugios y vinos de reserva envasados en cartón, material en el que por avatares del destino son especialistas, ya que ocupa amplias zonas dentro del espectro de sus necesidades, desde la edificación de sus espacios habitables hasta su loza o ropa interior. Así que, con estos planteamientos, han llegado a la conclusión de que la solución a su situación pasa por la adecuada elección de un líder, alguien que les guíe a través de la tenebrosa senda de la pobreza hacia la dignidad propia de su estamento.

Hoy nosotros elegiremos un monarca, manifiestan con algarabía al unísono, formados en círculo en la plaza. Y, flanqueados por un muro de cartón, se disponen a seleccionar candidatos, prestos a mostrar técnicas y aptitudes.

  Abre ya el cónclave Ágata, mujer de cincuenta años, de cara blanca y redonda luna en polvo de arroz y verdes ojos maquillados con generosidad y exuberancia, vestida con cinco trajes de gasa ajada superpuestos  en capas:

─Yo no deseo ser reina, pues soy estrella, actriz reconocida allende los mares que al sur desembocan, donde la plata es verde y el oro se mide en eses, yo era Ava Gadner y ahora soy Julieta, mañana seré joven y Ofelia y pasado nuevamente niña, desprecié el caviar, el champán y los amantes perfumados, ahora me alimento de trufas, risas y aire, y para vosotros voy actuar, pues no quiero ser reina si soy la diosa a la que adorar.

Dichas estas palabras enseñó sus peludas y regordetas piernas, moviéndolas con la destreza de un alcohólico artrítico y terminal. Y al volver a su sitio fue elegida por todos musa de su propia modernidad.

Ahora hace acto de presencia Paco, el filósofo, con raída gabardina azul marino sin mar pese al sofocante calor que les acompaña, de negra barba y ronco tono, el filósofo expone cómo tomar los comedores municipales como quien toma la bastilla y explica también cómo la libertad se consigue, no se pide, pues la libertad gestionada nunca puede ser considerada como tal.

─Así que habrá que arrasar las bodegas y saquear los bares, dice.

Dicho esto pidió un poco de vino para mitigar la sed producida por el beligerante discurso, petición prontamente concedida por el satisfecho y favorable público. Y si bien no estuvieron de acuerdo en el saqueo de los locales que frecuentaban, pues entonces nunca más les dejarían entrar ni les fiarían bebida, estuvieron de acuerdo en elegirle general de los ejércitos pacíficos y suplicantes de la nueva era.

Tras él sale María, la intelectual, que inicia su discurso con un improvisado poema basado en la sopa de letras que en sus manos sostiene ya resuelta.

─Tres letras, todos lo deseamos en navidad, paz, cuatro letras, todos lo queremos solos en la cama, amor, cinco letras, todos lo queremos cuando hace frío, hogar, seis letras, todos lo tenemos al mediodía y a la hora de cenar, hambre, nueve letras, mañana todos lo tendremos, felicidad.

Y, a falta de rosas, jirones de papel llovieron sobre su cabeza con sabor a gloria. Y por unanimidad fue nombrada ideóloga de la nueva etapa del desarrollo social del futuro.

Después aparece una anciana cubierta de andrajosos harapos, caminando con el tronco anormalmente rígido, perpendicular al suelo, con pierna y brazo estirados por completo, agarrada a un bastón que con su cuerpo forma un ángulo perfecto de noventa grados. Andando de esta nada habitual manera ocupa el centro de la escena y sin quitarse el pañuelo que tapa su cara comienza a hablar en un idioma desconocido por todos.

La concurrencia no se preguntó si no la entendían por tener la boca tapada, por el idioma en sí o debido a problemas al vocalizar, pero lo que dijo y nadie entendió gustó sobremanera y fue nombrada ariete y estandarte con el que mostrar al mundo el nacimiento de la nueva época, siendo su inmundo pañuelo de todos bandera.

Continúa Enrique, ataviado con un simple pantalón corto deshilachado y, arrodillándose en el centro de la plaza, con los brazos extendidos y la cabeza entre ellos escondida, entona abrumador,

tengo hambre...  tengo  hambre... tengo hambre…,

con lo que se ganó la ovación del pueblo, pues todos admiraban con devoción y sin reservas su depuradísima técnica, lo cual, que volvió a su sitio inicial con tímida sonrisa y fue aclamado unánimemente como mesías redentor, su propio santo idiota, que llenaría de fe vacía los oscuros agujeros del alma. Y entre todos decidieron que él era el auténtico hijo de dios.

Uno tras otro todos van saliendo y todos aportan sus cualidades o conocimientos, dando muestras siempre de su total adhesión al nuevo régimen propuesto, y todos obtuvieron esa noche un cargo en la nueva administración general del pobre futuro.

Por último hace su entrada Ubu, grande y rojo de pelo, cara y ojos, sonríe estúpidamente, como sólo pueden hacerlo aquellos que saben que van a ser reyes o sufren serias discapacidades mentales, tras lo cual calla y alza los peludos brazos pelirrojos, recibiendo la ovación y vítores apropiados para el nuevo monarca, pues no quedaba nadie más por salir y tal puesto no podía quedar vacante.

Y, coronado con unas latas de sardinas cosidas con hilo de cobre que goteaban el añejo aceite sobre su regordeta cara ya brillante, dictó la primera orden real, al oír más cerca que lejos las sirenas de la policía municipal: “a... a... a ... a... co ... co ...cooo ... rrer.... to..to....dossss....”

Lo cual hicieron sin pensárselo dos veces.

De este modo, huyendo como siempre de las personas uniformadas de leyes para todos dictadas por los pocos y armadas con resentimiento común, perseguidos en nombre de los que sentados esperan que todo siga igual, comenzó el primer día del reino del pobre futuro que nos aguarda.

  

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I S R A E L   S Á N C H E Z   R OL

 

 

 

 

 

 

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