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VIGÉSIMOPRIMERA
PERMANENCIA
A
la dulce memoria de Conchita García-Gallo con veintitantos años
(Lentíssimo)
…Dones
de los que mi memoria me hace obsequio:
gracias
con las que mi recuerdo me agasaja…
Que
nadie piense que esto es un poema.
Se
trata, simplemente, de un chaleco antiolvido…
un
grito de memoria;
mi
peculiar diatriba contra Alzheimer.
Una
herida de luz en mi recuerdo
para
poder decir que aún sigo vivo
y
aseguraros que poco me arrepiento.
ÃÃÃ
Os
diré que no olvido, por lo pronto,
el
refulgente amanecer de Carlos,
ni
la solemne entrega de Virginia
(abnegación
iridiada por la calma);
ni
la lenta despedida de mis padres:
tibios,
silentes, blancos, sin perfil.
ÃÃÃ
El
telégrafo limpio
de
las alas de un ave
muy remota
(quizás
desde la cumbres
legendarias
del Gorgo)
aglomera
en mi mente
la
quimera de un nombre;
ideas,
remembranzas,
horas,
trabajos, suertes, situaciones
que
anidan en mi juicio
en
confuso concierto desvaído.
ÃÃÃ
Fluye
la luz dorada
de
un Madrid en verano –sofocante-
que
entra por las rendijas
de
la persiana arriada de mi cuarto.
Viene
Gustavo Fabra
enfundado
en su abrigo misterioso
de
galaica humedad
(meigas
y trasgos con el alma rota).
Llega
también
la
Pertierrina alegre y bondadosa
que
tiene sus mejillas
recubiertas
de miel color de miel.
Vienen
vencejos puros
ateridos
de miedo y de tristeza
a
coronar, temblando,
aquella
testa atroz de El Gran Poder.
Está
Carmiña –juvenil y tenue-
que
baila, divertida,
al
compás de una música de moda
(puede
que de Paul Anka…,
estoy
casi seguro)
y
luce el desenfado
de
su casto cancán.
Igualmente
me llega –no se sabe de dónde-
el
rajo desgarrado y lacerante
de
una soleá dicha
por
Santiago Donday.
También
se viene el cine:
maquinaria
de sueños realizados…
(y
el comisario Quinlan, sudoroso y falsario,
de
aquel insoslayable
toque
de mal de Welles.)
Y
también se me acerca
(de
una ancha cinta blanca
circunvalando
el pelo)
Rosi
de los abismos
cuya
presencia anuncia
la
llegada del Sol.
Hay
Nieves y Milagros…
y
Paloma Vallejo: fortaleza fingida,
pululada
de espejos
de
incertidumbre abstracta y deprimida
(un
ser digno de afecto
que
hasta los mismos dioses
brindasen
con largueza).
Se
acerca Eleanor Rugby, recogiendo del suelo
el
miserable arroz que la alimenta;
y
el Divino Marqués en su letargo
vivificante,
mórbido y medido.
Polígono
templario, se viene hacia mis centros
Vera
Cruz en Segovia, desolada y letal.
También
me sobrevuela
(anudada al lamento)
la
temblorosa súplica, inconclusa, de Brel;
y
triza mis oídos
(vertiginosa y triste)
otra
súplica errática, esta vez de Brassens.
Se
viene el estallido, crepitante y visible,
de
aquel vaso de agua inventado por Tip.
Intuyo,
en lo lejano, el orto perseguido
de
la forma masónica de concebir el Bien;
y
percibo la imagen velada de un Partido
quebrado
por el ansia de construir la Paz.
Noto
a Curro Romero
con
los brazos dormidos,
en
la lenta fragancia
de una eterna verónica
no sé si terrenal.
Se
me avalanza Cádiz –milenaria y salada-
a
la anegada sombra de Tartessos herida.
Atisbo
a Mastroianni sucumbido en el llanto;
y
a Nikolay Cherkasov atronando el espacio
con
la hiedra metálica de su gesto y su voz.
Me
asalta una leyenda de Bécquer
(con fantasma);
y
la Victoria Ptera que
(a
modo de crisálida desperezada y fría)
preside
la escalera situada
en
las sílabas quietas
del
corazón del Louvre.
Se
me acercan:
el olmo seco de Machado (Antonio), junto al
alma
de nardo de Machado (Manuel).
No
olvido la saeta
de
los versos-de-joven
del
Neruda que rige
la
metáfora volcánica y exacta.
(Espero
a Dirk Bogarde enamorado
de
una columna dórica en Venecia;
y
a John Gielgud rezando
no
sé qué letanía funeraria y fatal.)
Me
despierto en el centro de La Cacharrería,
refugio
de murmullos y ojiva del perdón.
Me
entusiasmo reuniendo
esplendor-en-la-hierba
junto
a gloria-en-las-flores
que
(hace ya mucho tiempo)
visualizó
Kazán.
Me
cautiva la tesis –poliédrica y precisa-
que
en su obra completa
propuso
Luis Buñuel.
Me
extasío observando
los
esteros, las lunas, las corolas, los frisos,
las
volutas, los limbos, las cascadas, el cuarzo,
un
palio sevillano…
y,
muy frecuentemente,
el irrumpir del Sol.
ÃÃÃ
(Cuando
niña,
quería ser caballo…)
Ahora
viene Conchita.
(¿Exististe o te sueño?).
Conchita…
Su recuerdo melancólico
(tan
lejano y tan próximo
inevitable,
triste,
leve…). Su sonrisa.
El
fulgor de su rostro…,
las frases en sus ojos…
la amargura en su llanto…
Su
incondicionalidad
ilimitada y firme
El
aroma de su inmediatez
dorada y tersa.
Su
amor por mí sentido
(misterioso y rotundo.)
Sus
cartas (que conservo): paciencia enamorada.
Sus
manos y su talle…
… sus mejillas, su pelo.
Su
manera de andar: perfecto acorde.
El
perfil delicado de su cuello.
La
infinita congoja de su ausencia
(tan
cercana y remota,
en el mismo momento).
El
sentido que hoy tienen sus cenizas,
(ya, estampada en el éter…
con diamantes),
vencedora
del caos y de la hiel.
Conchita de los álamos y el río.
Conchita de la luz en la mirada.
Conchita
del resplandor
frente al ocaso…
Yo
te corono
princesa
del perfume
y de la aurora,
ama
de las cadencias
y armonías,
señora
de las palmeras
y las playas,
dueña
de los planetas
y los astros,
soberana
del rayo
y la azucena,
precursora
del eco
y la esperanza,
monarca
de las brumas
y del viento,
capitana
de
ejércitos etéreos
gobernadora
del pan
y de las almas,
libertadora
del sueño
y del olvido,
dominadora
de estelas
y de ondas,
redentora
de fechas
y latidos,
propietaria
del mar
y de las algas.
Diosa
de los espíritus.
Reina
de los espacios
al Este del Edén.
Emperatriz
del tiempo.
Patrona
de los lapsos…
y
de todos los siglos
de los siglos…
Amén.
Ã
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