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Sillas
de paja infantil, graves mecedoras, caballos de crin celeste me preguntan
por ti, se preguntan por ti. Con esta corporeidad mortal y rosa, donde el
amor inventa su infinito.
El
hijo es un relámpago de futuro que nos deslumbra. Por él, por mi hijo,
he visto más allá, más adentro, y más lejos, y quizás, ay, eso basta.
........
Sólo
encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú. Sólo encontré una
verdad en la vida y la he perdido. Vivo de llorarte en la noche con lágrimas
que queman la oscuridad. Soldadito rubio que mandaba en el mundo, te perdí
para siempre. Tus ojos cuajaban el azul del cielo. Tu pelo doraba la
calidad del día. Lo que queda después de ti, hijo, es un universo
fluctuante, sin consistencia, como dicen que es Júpiter, una vaguedad
nauseabunda de veranos e inviernos, una promiscuidad de sol y sexo, de
tiempo y muerte, a través de todo lo cual vago solamente porque
desconozco el gesto que hay que hacer para morirse. Si no, haría ese
gesto y nada más.
Qué estúpida la plenitud del día. ¿A quién engaña este cielo
azul, este mediodía con risas? ¿Para quién se ha urdido esta inmensa
mentira de meses soleados y campos verdes? ¿Por qué este vano rodeo de
la muerte por las costas de la primavera? El sol es sórdido y el día
resplandece de puro inútil, alumbra de puro vacío, y en el cabeceo del
mundo bajo un viento banal sólo veo la obcecación vegetal de la vida, su
torpeza de planta ciega. El universo se rige siempre por la persistencia,
nunca por la inteligencia. No tiene otra ley que la persistencia. Sólo el
tedio mueve las nubes en el cielo y las olas en el mar.
........
Ella ha madrugado, inquieta, movida por un secreto, por una alegría
pequeña -qué triste picardía la suya- y se ha movido por la casa con más
vivacidad, como cuando tú vivías, y ha traído de la calle dos rosas
rojas, dos flores forradas de verde, que eran la clave de su secreto, el
centro de su pequeña y tierna conspiración, porque algo había que
hacer, hijo, y las dos rosas estuvieron ahí, lumbre de una alegría
remota en lo gris del hogar.
Diría yo, sí, que fue ella a lo más remoto de nuestra dicha, al
fondo de los días, al bajorrelieve de la memoria, allí donde aún ríes
entre conchas doradas, para cortar esas dos flores -que en realidad son
del mercado- y hacer que por última vez prenda en esta casa la luz de un
tiempo en que éramos alegres. A la tarde, escucha, fuimos apresurados,
silenciosos, sonámbulos, en el fondo de un coche, hacia el hueco
doloroso, lejano, y el otoño estaba rojo, dorado, lento, espeso, como si
tú existieras, y cruzamos tantas arboledas, hijo, tanto espesor de
muertos, tanta luz acumulada en los márgenes de la tarde, para sumirnos
en el túnel azul e inexistente en que no nos esperas, y llevábamos las
dos rosas como un reclamo para tu sangre, una llamada de lo rojo a lo
rojo, de la vida a la vida, de la vida -ay- a la muerte.
FRANCISCO
UMBRAL MORTAL
Y ROSA
(1975)
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