EL CRIMEN DEL MONTE

El crimen del monte

ADVERTENCIA AL LECTOR  

         Hace años, una pequeña editorial hoy desaparecida (Ediciones Numantinas o algo así) publicó este relato como parte de un libro repleto de excursiones al monte y pretenciosas fotografías a todo color. Aunque pudiera parecer lo contrario, tales excursiones y fotografías eran pura patraña editorial; nunca habían existido, aunque a ellas se refiriese el autor con insistencia. Tal vez aquellos editores - hay que decirlo: sin escrúpulos - pensaron que no iba a entenderse nada y por eso convirtieron un puñado de líneas esquizoides en un librito de viajes.

           Cumplimos hoy con nuestros lectores publicando el relato como lo que siempre fue: una pieza única, libre de adherencias apócrifas, restaurados sus trazos primitivos. Dicho lo cual, resulta ocioso añadir, aunque se deba, que todos los personajes que aparecen en él son puramente imaginarios, por lo que cualquier parecido con la realidad ha de imputarse a una desgraciada coincidencia. Ni el autor ni los editores tienen culpa alguna de que alguien pueda llamarse para el siglo Gonzalo Puebla o Pepelillo, por ejemplo.

            Se ha respetado, por otra parte, el peculiar manuscrito tal como el autor lo dejó configurado antes de morir en el siquiátrico de Leganés: no sabremos nunca, en verdad, si lo que se presenta como incursiones de un pirata informático (el llamado amanuense), que salpican el texto por acá y por allá, eran tales realmente o, una vez más, fruto de la paranoia: hay quien apunta a un intento de narrativa virtual, fallido en su opinión. No hay tal. El autor aborrecía las virtualidades y, de hecho, fue tal perversión lo que le llevó a su prematura desaparición.

            Juzgue, en todo caso, el lector, una vez advertido.

                                                             LOS EDITORES

                                                                        Madrid, enero de 1998

INTROITO

         Hoy, por fin, el amanuense (lo sería si el autor fueras tú, pero eres un mero glosador o comentarista de lo que otro ha creado) el amanuense, digo, y ya era hora, me ha entregado las notas de cuando íbamos al monte. Ahora ya estoy seguro, nunca fuimos al monte y nunca iremos.

Las miserias humanas son así, a veces todo se trompica. Unos piensan que han visto las tetas de viana y todo ha sido un espejismo poblado de centrales nucleares. Unos cambian de vida y se suben al monte de piedad. Unos ven bragas negras donde sólo hay maleza. Nunca hemos ido al monte, ya es momento de confesar el crimen, no es posible acallarlo, aquella noche perdurará en todas las memorias del club de amigos de La Ancha. El amanuense (el autor, el relator) ha tenido buen cuidado de no transcribir más que los diarios de a bordo. Pero yo debo confesarlo todo. Cuando íbamos al monte. Qué sarcasmo, qué virtudes ni qué carajo, teologales serán esas virtudes que con pompa predica el amanuense (el autor, el relator). Y dale. Cuando enseñe las fotos, las de verdad, no las postalitas que ha ido coleccionando con pasión de maníaco (perdona, pero muchas me las has proporcionado tú, entre ellas las que están en cinemascope), cuando enseñe las fotos se va a ver la verdad al desnudo, el crimen. La noche aquella que el amanuense (el autor, el relator) ni siquiera menciona. Marta lo sabe todo. Marta me dice que el amanuense (el autor, el relator) está estúpido. Marta (Marta eres tú, so gilipollas) no sabe lo que dice, no es tonta, no lo es, pero desde que se quedó en casa el día que nos fuimos - todos menos ella - a Ezcaray, se aleló. Ella es la única que lo supo todo.

Dios santo, dice que quise ser el líder, será gilipollas, yo siempre he sido el líder (estoy de acuerdo en que estás lelo; y un lelo nunca es un líder; como mucho llega a lieder). Vaya una fijación. ¿De quién fue la idea de no subir cuestas? Mía, desde pequeño (no fue una idea, sino mera impotencia). Dejémoslo estar. ¿Quién tuvo la ocurrencia de escribir sobre el monte inexistente? Yo. ¿Quién habló aquella noche, y se inventó una historia para ocultar el crimen? Servidor, no me vengas con leches, amanuense (autor, relator), bueno, lo dejo, tú eres un romántico tocado de, ja, virtudes ¡teologales! Cállate, coño, Marta, hoy lo suelto todo y me quedo más pancho que una higa.

Madre se ponía tierna, es un decir, cuando con sus amigas del ropero organizaba una excursión al monte Dobra. Era como una procesión al parque, pero más larga y más tediosa, encima con manteles a cuadros para comer los mismos bocadillos de siempre. De aquellas excursiones recuerdo sólo la fatiga mental y a algunas niñas de braguitas ligeras. En lo alto del monte había una cruuz de amoor, y eso es todo, pero no era el Gorbea, era el Dobra. Mamá, no quiero ir. Hijo, si nos lo vamos a pasar muy bien. Mamá, me duele la cabeza. No sé, hijo, no sé qué va a ser de ti, tómate una aspirina. Mamá, yo quiero ir para bailar la rumbaí. Y fueron así mis primeras excursiones a esos montes cuyas virtudes predica el amanuense con fervor (el autor, el relator). Marta, calla, él es de Soria.

Estoy convencido de algo por una vez, nunca volveremos a verle. Esta noche las sirenas chillan y hacen que le recuerde mezclado en la vorágine de las autopistas. Tal vez aquella tarde no estaba destinada a ser como fue. En mi calendario marcaba luna llena, pero yo no daba por entonces mucha importancia a esas cosas. Luna llena había, desde luego. Los chopos, - o robles, o encinas, yo que sé, eso lo saben ellos - destacaban como cruces. Alguien dijo una impertinencia. Bien, de acuerdo, no sé lo que digo, bueno, no sé lo que dijo, a lo mejor era pertinente o a lo mejor no se dice nada pertinente y entonces es una redundancia decir que dijo una impertinencia, cállate, coño, para amanuenses (autores, relatores) (se pone pesado) ya tenemos bastante con el de Gómara, yo sólo pienso en aquella noche perdidos en el monte pelado. Gonzalo Puebla  vomitó y entonces le matamos, eso es, amigos de la Ancha, ya, oreo del funcionario, sí, cagados de miedo que estábamos, eso dije yo, hay que hacer algo, Sauqui dijo tengo un terrenito, bueno, bien, ese domingo, lo recuerdo bien, la Real Sociedad marcó tres goles al Madrid y todos decidimos que teníamos que hacer una excursión al monte. ¿El monte de venus?, pregunto, vale Marta, me callo, el monte de venus no, imbécil, el monte del olvido. Ya empezamos. Están clavadas dos cruces.

Paréntesis: si no hubieran inventado el e-mail él no sabría qué hacer. El amanuense, digo. (Pero gracias a que el “amanuense” sabe qué hacer, haces tú algo: gracias al e-mail). (Esto es más de lo que uno podía esperar de una mente saludable).

Pensándolo bien, el alto de Vispieres tiene sus virtudes. Mira, tontita, te lo explico: el alto está camino de Santillana del Mar, si se va por la izquierda, y de Suances si por la derecha. ¿Vale? Pues allí también íbamos al monte, sólo que sin mamás y en bicicleta. Me gustaba mucho, afilar navajas cuchillos tijeras, el Puebla todavía ni existía pero cristo, dios mío, cristo, cuánto pecábamos entonces. Tenía quince años - esto no es una canción - y parecía que fuéramos a conquistar el mundo a base de embutido en viernes santo. Cogíamos el camino de Puente San Miguel, llegando a la finca de Botín torcíamos a la derecha, sí, a la derecha, lo de la dislexia es un invento tipo dramaturgia del amanuense (el autor, el relator), torcíamos a la derecha y empezaba la cuesta, puf, puf, las niñas sudaban ni te cuento, puf, puf, y eso que no eran malas bicis para entonces, vuelta hacia la izquierda - la izquierda, sí, no recuerdo cuál - y empezaba un sendero, lo verde, las rocas, las rocas, puf, puf, qué coño hacíamos con las bicicletas. Al llegar al alto, después del embutido y la sangría - hoy serían litronas - echábamos la siesta. Esto lo hemos conservado en la patraña esta de las excursiones, la siesta. Mira, yo no tengo nada que ocultar: la primera vez que fui al monte me cagué en el monte. La segunda me conformaba con mear sobre las jodidas ortigas. La tercera, no fui.

No fui. Eran las patrióticas marchas de la OJE, yo quería ser (pobre, ya desde jovencito) jefe de centuria, luego me ha dicho Toño que él también, pero era pequeño. Subida a Ampuero, anunció el jefe de centuria que no era yo. Enfermedad al canto, morcilla a la subida, nocturna encima, montañas nevadas, banderas al viento, pero quién se piensa que soy yo. Yo fui a Laredo - en Covaleda se repitió la historia, pero no te preocupes, joder, apaga esa maldita radio, no voy a contar nada más de aquello - a conocer la gente y a que me conocieran, y a cantar, no a escalar como cabra hispánica, cabrones, siempre canto, allí también me puse enfermo y compuse mi primera canción, eso es mi monte, aunque Gonzalo Puebla  no lo supo nunca y creo que tampoco los herederos de la tía Eulalia y asociados. Asociados en el crimen, resistentes de nada, como no sea de sí mismos, de nosotros mismos (pero eso es obvio, ¿porqué lo solemnizas?). Mierda.

La noche infausta no estábamos borrachos, cosa extraña. Francisco llevaba un capote de guardia civil y la luna llena alargaba su sombra señorita, válgame dios, parecía tal un guardia de verdad, con esos bigotes, con esos tricornios, dios mío, amanuense (autor, relator), te has olvidado de toda la verdad, como dios manda, así se hace.

El ionizador calma los nervios. La cama está deshecha desde antesdeayer, la chica se fue enferma de bronquitis y lo dejó todo hecho unos zorros, la cocina, los baños, ahora yo encerrado con el ionizador de los cojones que dicen que es como estar cerca del mar o la montaña. 

 

(Ficha médica  nº  1239726, JLZM).

No, señor mío, no ha sucedido nunca nada, ya puede hacerme todos los tests esos de la mierda, dibujito va, dibujito viene, no, tonterías, no tengo agarofobia, no, claustrofobia tampoco, deje Vd. en paz la leche de mi madre, vale, dos por la mañana, dos por la noche y las que quieras en los ratos perdidos si ves que te relajan. Este tío es tonto.

 

 

"Hace tiempo que nadie sabe nada de él. Sí, lo conocíamos, bastante, hacía expedientes aquí, en el despacho de al lado, unos escritos de lo más floridos decía Juanito, yo que sé si iba al supermercado, qué cosas pregunta tío, ni qué coño voy a saber si compraba bolsas de patatas, ¿o manzanas dice?, bueno, palomitas de maíz, el colmo, ni idea. Sí, bigotes y gafas. Sí, quería ser subdirector general. Sí, en Justicia, no justo no, en el ministerio. Vale. Váyase Vd. a tomar por el culo, se cree que soy imbécil o qué. Pues le habrán matado, asesinado, muerto, a mí qué me cuenta.

   (del programa Sucedió en Madrid.

 

        

Cuenta, tú lo sabes, amanuense (autor, relator). Por eso, relata si te atreves, autor. (Ya sé que es pura retórica y que no quieres que te lo cuente).

Que te calles de una puta vez, Marta, vete a la cama. No te ha llamado nadie, ni fifí ni fofó. Cabrones, eso es lo que sois todos, recoge por lo menos los restos de la pizza. Yo estoy escribiendo sobre el monte y sus virtudes, qué sabes tú de eso y además no te importa.

Me engañaron. Una vil añagaza, si venturosa al fin porque hubo bombos. Pero decir que en San Millán “el Sr. Zúñiga se comportó como un hombre” es tanto como decir que el señor Zúñiga es un imbécil (otra obviedad). (Otra fijación). El señor Zúñiga se comporta como hombre siempre (siempre que puede) y, sobre todas las cosas, es un superman  al volante de su Peugeot 405 turbo 16V etc. en la Castellana camino de Palacio. Lo demás, zarandajas. El Señor Zúñiga - yo (pero tú eres Marta), ¿!!!?, no se anda con chiquitas, y al pan pan y al vino vino: rabia amanuense (autor, relator), o documéntate como dios manda. Subí dos picos y llegué el primero de regreso, montañas nevadas - nada de mariconadas de manchas de nieve, nieve hasta las rodillas - banderas al viento, Isabel y Fernando, el imperio glorioso, yo, el emperador, no hay más que ver la foto, llegué el primero al coche y allí estuve esperando a los supuestos montañeros. Sorpresas hubo, es cierto, pero son de otra índole. El asesinato, homicidio tal vez, es nuestra gran incógnita. De eso nada nos hablas. Ni siquiera en el pirateo del e-mail. Por algo será.

Ahora tengo más dudas: no sé si hablar del monte o hablar del asesino. Para ambas cosas es preciso tener muchas agallas. (Oración: ayúdame, Señor, a pasar esta noche en que me toca hablar de montes y asesinos sin romper el cristal, como una virgen).

Bien, del monte por ahora. Aunque, maldito monte, es bien cierto que tiene sus virtudes. Ves, por ejemplo, cómo pasa el tiempo. Ya Toño Peloduro no tiene casi pelo, Sauqui está francamente hecho una ruina, Juanito se despista, Pepelillo ha perdido sus pantanos, Jorge y Francisco llegaron y se fueron levemente, las chicas se emborrachan o tiran de la VISA, el Borque quiere ser lo que no era. Sólo yo soy tan borde como siempre. (O.K.). El monte es metafísico, porque encuentras amigos que luego te apuñalan dulcemente. Y está fuera de duda que en la montaña encuentras tu lugar en el espacio. Por ejemplo: San Millán I es norte y San Millán II es sur. Pero la máxima virtud del monte es sin lugar a dudas teologal: en el monte está el dios, en el monte los templos, en el monte nosotros y en el monte el altar de los ocultos asesinos.

De los ocultos asesinos, bien. 

 

"Mire, ya no se qué decirle más. Cuándo lo ponen. Vaya, la boda de mi hermano y yo sin vídeo, jodidos servicios técnicos, me cagüen la leche. Sabe qué le digo, que me la suda si era o no era ese individuo de Justicia, yo casi no le conocía, vaya Vd. a saber. Aquí por menos de nada te endilgan el mochuelo. Marta, mira, los de la tele, ponte tú que yo ya estoy hasta los huevos de tanta preguntita. ¿Puedo saludar?. un poco de sangre sí debió haber, déjame, joder, a tí no te preguntaron eso, un poquito de sangre en los puños de Juan, que me lo dijo la buena de su esposa, es que no se han casado todavía, sabe, pero están a punto. ¿Está grabando, seguro?, bueno, es que este es un imbécil que me tiene comido el coco, no me llevó a Ezcaray, mira, pues ahora te aguantas, aj, aj, pero qué me hace Vd. ¿Están grabando? señorita, el cámara por favor, o él o usted, los dos me parece una guarrada, así, en público"

                      (del programa Sucedió en Madrid  ).

     ¡Corten!

 

 


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