EDICIONES DEL PRIMOR

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sombrero con pluma

      

 

LA VISITA

    Sólo queda un culín en la botella. Tira la cerilla al cubo de basura para ver qué se quema. No se quema nada. Dice: no estoy borracho –es una clara muestra de cariño–, no estoy borracho, sólo un poco bebido, amor mío, sólo siete botellas de champagne para celebrar todas estas cosas que nos han pasado recién. Botellas, botellas y más botellas, todas las botellas que hagan falta para llenar hasta los topes el jodido contenedor de vidrio de ahí abajo, luego no me dejaría dormir, el ruido del vidrio, una a una, no caben dos a dos,  una y otra y otra, trin, trin, trin, el ruido sube hasta la azotea como si fuera una ambulancia, el ruido de las botellas contra las botellas, hala, vale, otra vez el teléfono, mira que te gusta, ha sonado toda la tarde y sonará mañana toda la mañana, siempre suena el teléfono, el vidrio, la alarma, la ambulancia, la alarma, la policía, no estoy borracho ni sé hablar de otra forma, vidita.

Sin embargo no, él ha dicho: YO no estoy borracho, oh, entonces qué distinto, ha sido un simple pronombre subjuntivo y todo lo ha cambiado. Yo no estoy borracho, entonces ya no es vida mía, ni amor mío ni leches, entonces es imbécil, gilipollas, Yo no estoy borracho, una pizca más agresivo, pero también menos –no estoy, yo no estoy– qué joder, vete a tomar pol culo, tú sí que no sabes beber, no tengo ni el más ligero asomo de borrachera, imbécil, tú qué te crees, eso sí es que grave. Qué.

Suena el timbre, es abajo, quién será, estamos esperando a alguien, pregunta, no, será uno que se ha equivocado, dice, será un pobre responde, no sé, venga, pues abre. Suena otra vez el timbre, con apremio. Abre. Abre. No quiero abrir. Estás borracho. No lo estoy, yo no estoy borracho, no tengo ni medio pedo, que te enteres, subraya, coge el tris y se va. Maldito pronombre subjuntivo, acierta a murmurar entre sollozos.

Ella abre al fin. Soy yo. Hola. Buenas noches. No te conozco. Yo tampoco te conozco. Qué quieres. Nada. Mi chico está borracho. Normal. Qué quieres, coño. Me dejas pasar o no. Pasa. Gracias, gracias, tenía frío. Hace calor. Bien, yo tengo frío. Hace calor, mi chico ha bebido un poco pero él no está borracho. Me gustaría tomar un poco de café. Café, marchando uno con leche, pensé que querrías algo, no sé, algo más llamativo. Ponme el café. Mi chico va a salir de un momento a otro. Que le den pol culo a tu chico, con azúcar por favor, no estoy borracho.

La cocina está pasablemente limpia, cosa que no se puede decir ni de los baños ni del cuarto de los niños, llenos de mierda, cómo puede estar tan guarro, dice el visitante, nunca lo pensé, tú eres una chica, en fin, una chica limpia, esa sensación da cuando vas tan ricamente conduciendo el coche, sí te conozco,  sabes, soy el del semáforo. Qué bien, el del semáforo, pues tengo kilos, casi toneladas de pañuelitos y algún que otro pino de montaña con olor a brisa antitabaco, oye, no los quiero para nada pero me da pena verte todos los días ahí, en esa esquina, ya está bien, tómate el café y adiós, voy a hacer una llamada. Espera. No, no puedo esperar.

Suben por la escalera dos mujeres, está roto el ascensor. Primer piso, segundo piso, tercer piso, oyes, no sería mejor dejarlo, cuarto piso, para otro día, quita, vamos, quinto piso, vamos a seguir, sexto, séptimo –«¿estás bien, cariño?», «dabuten», «tenemos visita, amor», «espléndido»–, octavo, oye, tú crees que esto merece la pena, sin ascensor, así, mira, yo creo que estaba histérica, pelín, puede, bueno, pues pabajo, siete, seis, cinco, cuatro.

La cocina está limpia, digan lo que digan. Ahora él coge un cuchillo y lo restriega por el escote de su espalda, sí puedes esperar, ordena. No me gusta. Mira, así, sólo con el mango, no me digas que no tengo arte. No quieres más café. Ahora no, gracias. Ya decía yo, algo más llamativo. Desnúdate, soy pobre. No. Soy tu pobre pobre. Paso, mi chico va a venir ahora, estaba un poco tocado pero ya está bien. Bien, vamos a verlo, tú crees que yo soy gilipollas.

El doble seno del fregadero casi impoluto antes, ahora una pizca de sangre, un montón de sangre en el suelo, pobre cocina, pobre Marta, lo de las vísceras es lo de menos, lo malo los trocitos, aquí un dedo, medio dedo como mucho, para qué vamos a poetizar, una uña, aquí, justo junto al cubo de basura que ahora empieza a quemarse, un ojo, éste entero esa es la verdad, lo peor son los labios, nada queda de ellos más que pellejos con manchas que parecen de carmín.

Quién ha llamado, ahora mismo voy, qué sería de ti sin mí, eres como tonta vida mía, por qué te has dejado hacer esto, no estoy, yo no estoy, no tengo ni medio pedo, joder, cómo han podido hacerlo, yo no hubiera tenido cojones.

Bajan la escalera juntos. El tío se va, tres, dos, uno, bajan, no llegó a saber si estaba o no borracho, ellas tampoco. Cero. La esquina del semáforo es buena esquina y el teléfono siempre suena al día siguiente.

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SOMBRERO CON PLUMA 

Lleva una pluma en el sombrero, pero no sabe por qué lleva sombrero. Tampoco sabe por qué lleva una pluma en el sombrero.  

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SOBREMESA VIRTUAL 

Marta y su acompañante deambulaban en busca del lugar de la cita. “Ahora, qué tendrás que buscar –le iba diciendo por lo bajini Marta-, ha bajado la bolsa, ha subido la gasolina, ha bajado el IPC, qué tendrás que buscar”. Y se calló. El olor que emanaba de zanjas, vallas, cascotes y contenedores variopintos era insoportable. Por aquellas fechas, para colmo, una patulea de cazcarrientos acudía en tropel a besar los pies  de un Cristo melenudo, bueno, no los pies, las placas de metacrilato con que el obispado había recubierto tales reliquias para que  los fieles pudieran seguir lame que te lame sin merma del patrimonio artístico.  

Entre tanta miseria, desafiante, la casa de la aduana del rey Carlos Tercero, que Dios guarde, albergaba en sus sótanos a unos pocos supervivientes de otras épocas, que ese día dieron en atiborrarse de morcillas, salchichas, farinato, panceta y otras muestras no menos afamadas de nuestra ilustre panoplia gastronómica. Todo ello regado, como es lógico, con abundante tinto de garrafa.

-Hortensias, ya no hay –continuaba Marta-, primaveras excelsas de aquellas que excitaban tu cuerpo florecido, no hay. La cabalgata, el carnaval, los chocolates con roscón de reyes. Nada.

-Pero rey sólo hay uno y es imbécil -matizó el acompañante.

-No, son tres -insistió-, y también van buscando una cueva, como nosotros. Ya hemos llegado.

Fueron recibidos por la concurrencia con grandes muestras de entusiasmo. Se ve que la queimada había causado estragos  y entre todos decidieron, eso sí, a mano alzada, dar colofón al banquete en la muy castiza casa de la Fontana de Oro. Allí empezó el zafarrancho. El primero en tomar la palabra fue un tal Cioran, tambaleante, que aseveró sin venir a cuento: “Si la muerte tuviera facetas negativas, morir sería un acto impracticable”.

-Se miran, te miran -gritó casi llorando Marta  nada más acabar Cioran-, qué hemos hecho, mañana le diré a Solana que está total, pero totalmente en las nubes.

-En efecto -exclamó Jeremías el profeta-, y puedes añadirle que se habrían fatigado los pueblos para nada y las naciones para el fuego se habrían cansado.

Trac, trac, trac, chin chin. “Espera que le lleve las botellas el que vive en mi casa –terció Teresa-. No sé si a mí me espera”. “Ay –intervino Pascal-, el presente no es nunca nuestro fin”. Maneras de vivir. Resistencia en la tierra. No era Neruda, no, que el poeta hubiera dicho residencia, era Cardero: “Naufragar, he naufragado en tantas playas...”.

Aquí es cuando saltó Marina S. y habló de los castillos, pidió otro whisky doble, se formó un tumulto –que no túmulo– en torno a un mono llamado, qué cosas, Jeremías y a un tropel de profetas. Nadie sabe cómo, pero es el caso que la taberna de repente se llenó de  leones y entre unos y otros se oyó bramar al vocero Daniel: “Tampoco ante ti, oh rey, he cometido falta alguna”. El rey se alegró  enormemente y mandó sacar del foso a los leones. Todos se quedaron más tranquilos, aunque alguien susurró nuevamente: “El que vive en mi casa llega al atardecer y no me espera”. Ay, Teresa. Sánchez Ferlosio, que no sé qué pintaba en esta fiesta, apareció con la bragueta abierta y masculló unas palabras que al cabo iban a ser el grito de victoria de aquella sobremesa virtual: “Moral, moral, la única que querría yo tener a estas alturas es la del Alcoyano”.

-Alcoyano. Solana. Solano: viento que viene de donde nace el sol y todo agosta. OTAN NATO NO, OTAN NATO NO –gritaron con euforia-, bravo…

Desde el wc de señoras se oía patalear como un poseso a Javier Tusell, que a grito pelado,  aunque un poco trabado de lengua, decía: “¡Aquí está la derecha asomatognórica y disléxica que ha de librarnos de la mediocridad!”. Cada cual corrió entonces a esconderse en un rincón, supongo yo que con el sano objeto de abrirse las venas pudorosamente, pero no todos lo hicieron, si no ya me diréis, aquí estoy yo para contarlo, y mi compañera Marta, que ahora me está diciendo entre sollozos, como casi siempre, que llaman, quién será, no me digas más, la del bingo, no, la lotera.

 

JORGE DEL PRIMOR

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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